Las memorias del Mollete Literario: Un cénaculo irreverente

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No se trató de un grupo propiamente dicho. Éramos varios reporteros de la revista Proceso que todos los jueves teníamos que quedarnos en la redacción al cierre de la edición semanal. Como a eso de las 10 de la noche nos íbamos a cenar molletes y café –algunos pedían cerveza- al Vips que estaba en la esquina de Insurgentes y San Francisco, cerca de la ciudad deportiva. Ahí platicábamos de todo, pero sobre todo de literatura, hasta las dos de la mañana.

Aunque nunca fungió como jefe del grupo, la figura mayor era Vicente Leñero, entonces subdirector de Proceso. Vicente iba en las tardes a la revista. La mañana la dedicaba a sus menesteres intelectuales escribir y leer. Las noches de los jueves luego del cierre, comenzábamos hablando de política pero de pronto los temas iban a la literatura.

El grupo era variable el poeta David Huerta, el narrador Federico Campbell. Algunas vez cayó por ahí creo, el poeta y narrador Marco Antonio Campos. Iba, indefectiblemente, Armando Ponce, entonces coordinador de la sección de cultura de Proceso. También Carlos Marín. Como no faltábamos Paco Ortiz Pnchetti y yo.

Las sesiones eran informales. Pero nutritivas para quienes andábamos en busca de lecturas. Ahí Campbell llegó a fascinarnos con Harold Pinter, también admirado como dramaturgo por el dramaturgo Leñero. Vicente nos contaba anécdotas picantes de escritores, algunas de ellas que nunca repetiría si no fueran considerados de confianza. Nos platicó sus tiempos de becario en el Centro Mexicano de Escritores y la forma de funcionar de un taller que era más una pista de esgrima mortal. Literariamente hablando, Campbell nos alargaba la noche con sus anécdotas sobre Juan Rulfo, sobre todo allá en el café El Ágora, la entonces librería de moda intelectual.

Vicente era-y es- un lector consumado. Y sabía introducir el apetito literario. Una vez nos contó un libro que estaba leyendo y que le había fascinado. Sobre todo por el comienzo, una derivación de La Odisea. Bueno, más bien un pasaje interpretativo de esa obra magna que había sido tomada por un escritor que a comienzos de los ochenta era casi desconocido en México. Se trataba de un basquetbolista universitario en Estados Unidos que había sido estrella juvenil pero que se había frustrado.

Al entrar a la madurez era apenas un empleado mal pagado, con hijos pequeños y una esposa alcohólica que le exigía demasiado. La novela que nos contó Vicente comenzaba con el protagonista regresando del trabajo a su casa. Antes de llegar se quedó mirando como bobo a unos jóvenes que jugaban basquetbol en una cancha de un suburbio de Estados Unidos. Como huracán los pensamientos de su juventud deportista se le agolparon en el presente. Y de pronto el protagonista se dio la vuelta y comenzó a correr en sentido contrario a su casa. Corrió y corrió huyendo de su realidad. Se metió en su coche destartalado y tomó una dirección contraria a su casa y caminó varios cientos de millas. Una vez tranquilizado, el protagonista regresó pero no a su casa. Se instaló en un cuarto cerca de su casa. Y desde ahí se la pasaba mirando hacia su casa.

La historia contada, resultó fascinante. Vicente nos- más bien me- había presentado literariamente el arranque de la novela Corre conejo, del entonces poco conocido escritor norteamericano John Updike. El protagonista de la novela se llamaba Harry Conejo Angstrom. Obviamente me dediqué a buscar la novela y no me perdí la saga: Conejo es rico. El regreso de conejo y Conejo en paz. Hace poco me encontré con Conejo en el recuerdo y otras historias. Pero de todas, sin duda la primera me dejo deslumbrado. Updike hasta entonces era desconocido en México.

La historia anecdótica de Conejo me fascinó, al grado de encontrar por ahí alguna línea argumental: la propuesta literaria de Ulises en la Odisea y su regreso siempre propuesto para enfrentar a la realidad. Encontré una novela que se me perdió en mis cambios de casa. Era de Alberto Moravia. Otra de Harthowne. La historia era casi la misma un protagonista que huye de su realidad pero se instala físicamente frente a ella para vigilarla y seguir participando tangencialmente.

Otro de los autores que salió en las conversaciones con Leñero fue William Styron, cuya novela La decisión de Sophie la encontré en una librería del aeropuerto de la ciudad de México. Estrujante. La película vi muchos años después y no me gustó tanto como el libro, a pesar de la sobresaliente actuación de Merryl Streep. Acuciado por la información en el grupo de Vips, busqué luego las obras de Styron; Las confesiones de Natan Turner y La larga marcha.

Las reuniones de los jueves fueron bautizadas, no recuerdo por quién – creo que por Armando Ponce- como las de “El mollete literario”. No era un cénaculo intelectual, sino una charla de amigos y compañeros sobre literatura y política. Eran reuniones informales, sin cita ni hora formal. Comenzaban cuando Leñero aprobaba la portada de Proceso y recogía sus cosas. Poco a poco llegábamos al Vips. Cada quien pagaba sus cuentas.

En aquel grupo hubo muchas iniciativas. Una de ellas apenas cuajó. Campbell tenía muy buenas relaciones con los editores de una colección de plaquetes. Eran pequeñas colecciones pagadas por sus autores, de tamaño de un cuarto de carta, con apenas una docena de páginas, de portada color amarillo pálido. La colección se llamaba “La máquina de escribir”. Campbell y Huerta ya habían publicado algo en esa colección. También creo que por iniciativa de Ponce ahí salto la idea de que todos nos cooperáramos con algo de dinero para utilizar el membrete de “La máquina de escribir” y publicar obra propia pero acreditada a El Mollete Literario.

A todos nos pareció buen la idea. Marín publicaría algunas crónicas, Paco Ortiz Pinchetti escogería algún reportaje que había publicado en Revista de Revistas de Excelsior de la que Vicente había sido director. Yo dije que entregaría algunos cuentos. Como se trataba de un grupo irreverente, no habría control de calidad. Simplemente alguien -Campbell o Huerta-haría la corrección mínima de estilo. Y ya.

El dinero se puso en la mesa. No era mucho. Entonces la edición de autor era barata. De todos los enlistados sólo yo entregue tres cuentos. Y salió mi plaquette. Se llamó Fotos de Rebeca, con un cuento homónimo, una historia del despertar sexual de niños con un final obvio que luego corregí sobre la edición ya terminada tachando una palabra y sustituyéndola por otra y un cuento que después me publicó Marco Antonio Campos en una antología de jóvenes escritores porque tenía –intencionadamente- un aire revueltiano. La edición era unas docenas de ejemplares que luego distribuí personalmente en librerías. Eso sí, en una de las primeras páginas consigne que se trataba de una edición pagada por el grupo de El Mollete Literario.

Sin quererlo, ahí nació una idea que hoy cuaja con este suplemento cultura de La Crísis. Y nace con la misma irreverencia de entonces y rindiendo homenaje a ese cenáculo irreverente de finales de los setenta y comienzos de los ochenta. Y desde luego, con un recuerdo muy grato de Vicente Leñero.

Viernes 28 de octubre de 2005.