¿A favor o contra la democracia?

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Hace unos días el presidente, en uno más de sus arrebatos verbales, pero fiel a su método de buscar permanentemente la polarización como eje de su estrategia política, pidió a los mexicanos que nos definamos si estamos con su proyecto o en contra. Eso obviamente tiene para él, como punto de partida, que en la sociedad mexicana solo haya dos bandos y si lo cree es porque de hecho abiertamente plantea que en México solo haya dos partidos: el liberal y el conservador, todo ello refleja nítidamente su estructura mental y política del populista que es. Niega por tanto que México, como cualquier sociedad del siglo XXI, es plural y por tanto no se limita a dos bloques políticos, habla de partidos que existieron y se identificaban así en el siglo XIX, alimenta la polarización con estos dichos y refleja su sentimiento evangélico al recordar a Mateo: “estás conmigo o contra mi”.

El populismo nació con esa etiqueta en la Rusia zarista de mitad del siglo XIX, y hay que decirlo, por una influencia de una parte de la intelectualidad de la época que buscaba con sentido romántico la supervivencia de las aldeas campesinas narodniki y sus tradiciones frente a los avances de la modernidad occidental en una idea de organización de lo que habría sido una suerte de “socialismo campesino”. Para finales del mismo siglo XIX, pero en los Estados Unidos de Norteamérica, se organizó el Partido del Pueblo en 1892, que buscaba sumar a los pequeños campesinos del medio oeste y del sur de ese país contra todo lo que ya se presentaba como signos de la modernidad capitalista: ciudades, industrias, bancos y todo aquello que les sonara a corrupción como las altas finanzas y la política de Washington. En pocas palabras, este populismo norteamericano buscaba la tutela de la gente y una suerte de autogestión de las pequeñas poblaciones y sus habitantes.

Siguiendo a Fernando Vallespin y Mariam M.Bascuñan en su extraordinario libro Populismos de Alianza Editorial, el populismo no es una ideología política, sino que se puede hablar más bien de una “lógica de acción política”; que responde a procesos bruscos de cambio social, a los que se reacciona invocando la necesidad de revertir la situación creada por dichas transformaciones y una de ellas es la “pérdida de comunidad“; y la reacción se da incluso con tintes dramáticos para que su comunicación se impregne de negatividad, de indignación y de un espíritu casi trágico del estado en que se encuentra el país, que a la vez clama por restaurar el orden que se ha perdido; esta restitución se busca a través de apelar al “pueblo bueno”; y para que esto tome forma se inventa un antagonista, ya que el populismo siempre se articula a través de una polarización: nosotros/ellos, los de abajo/los de arriba, etc. y obvio a los desposeídos por dedazo se les dota de un “valor moral superior”; con lo anterior, se niega a la sociedad como sociedad plural para quererla ubicar solo en dos bandos “ o estás conmigo o contra mí”; esta polarización se envuelve en “emocionalidad”, sacar la indignación y/o resentimiento de un sector de la población; el discurso es simplista, hasta diríamos simplón, sin propuestas de políticas públicas sólidas para los problemas reales; la emocionalidad y el discurso simplista lleva a sus líderes a dar, según ellos, una “representación “ de cómo es el mundo y es cuando “inventan” la historia o crean narrativas inverosímiles; y todo eso pone pues en riesgo la democracia liberal.

Así ,con estas características, como si fuera un manual, operan los populistas que han accedido o están en búsqueda del poder, pero por más que se les quiera ubicar de “ derechas “ o de “izquierdas” la lógica es la misma, y ellos no tienen ninguna ideología, son autoritarios y buscan en su persona y solo ellos ejercer el poder sin contrapesos, son a la vez una verdadera amenaza a la convivencia social porque la polarización que día a día alimentan es la vía para su propia sobrevivencia.

El ejemplo más reciente es lo que estamos ahora viviendo con la pandemia del coronavirus y después y derivado de este, la crisis económica, el comportamiento para negar o minimizar la epidemia, primero, después la manera de violentar las recomendaciones sanitarias, la ineptitud para gestionar la crisis, las “recomendaciones” para tratar la infección, los ataques a la ciencia y a los científicos e incluso al personal médico, y la negación en el caso mexicano de manera más marcada de apoyar a las y los trabajadores y a las micro y pequeñas empresas por las afectaciones de la paralización económica derivada del aislamiento por la pandemia del Covid y no solo no apoyarlas sino incluso negarse a recibir a los dirigentes empresariales que buscaban darle a conocer un documento con propuestas para enfrentar la crisis económica y en vez de ello, atizar el discurso polarizante y la descalificación como método de gobierno es, insisto, no solo una amenaza a la democracia sino a la simple convivencia social por la siembra del odio y el uso del lenguaje del resentimiento social como norma.

El gobernar de manera unipersonal y “mandar al diablo las instituciones” es otra de las características de estos populistas del presente, otro rasgo importante es el uso de la religión y sus símbolos para sus fines personales abriendo otro frente de desunión entre la sociedad con este tema.

Gobernar por caprichos, resentimientos, rencores, idealizaciones juveniles o por lo que sea pero no por elementos racionales e institucionales de políticas públicas, lo único que produce es malos resultados o diga sino la caída de la economía en el primer año de gobierno en México (2019) a -0.1% del PIB, cuando se ofreció crecer al 6 y después al 4%, así que al iniciar la pandemia y paralizarse la economía esto se acentúa hasta poner ahora en perspectivas de organismos internacionales y nacionales un promedio de -9 o -10% del PIB para este año. ¿Dónde está el mediocre crecimiento del 2% de los últimos años?, lo añoramos ahora porque no solo es que no se quiera reconocer la cruda realidad nacional e internacional en materia económica, sino que se atenta contra la inteligencia y con delirios se insiste en “realidades” paranoicas.

La ausencia de contrapesos constitucionales reales a la presidencia y una oposición partidista prácticamente desaparecida, pero además con un gran desprestigio, allanan el camino del autoritarismo y el gobierno de un solo hombre, lo que debe de llevarnos realmente a preocuparnos por el futuro de la democracia y no si se está o no con un persona, entonces la pregunta debería ser ¿se está a favor o contra de ella?, y ¿quién es ahora mismo su principal amenaza?, contestar estas preguntas deberían de llevarnos a la acción porque recordemos que la democracia en nuestra Constitución no solo es una forma de gobierno, sino un sistema de vida y los pobres resultados por la ineptitud de este gobierno son un atentado contra la democracia, entonces, más allá del alicaído sistema de partidos actual deben plantearse nuevas alternativas democráticas de participación y no caer en la trampa de la polarización, pero sobre todo defender la democracia ahora.

@aguilarsoliss