¿Sigue siendo útil hablar de Venezuela?

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Un cuento precautorio describe lo que le podría pasar a una persona si toma una decisión equivocada o hace algo que nadie más haría. Este género es tan antiguo como la literatura, y abarca tanto a las primeras versiones de muchos cuentos de hadas como a las actuales leyendas urbanas.

La política también tiene sus cuentos precautorios, a menudo disfrazados en eslogan y propaganda. Por ejemplo, ¿se acuerdan qué tan bien funcionó durante la campaña de 2006 decir que, si ganaba por López Obrador, terminaríamos como Venezuela?

Sin embargo, para que un cuento precautorio funcione, debe haber la convicción de que lo conocido y lo convencional es mejor que tomar un atajo. Lamentablemente entre 2006 y 2018 nadie hizo gran cosa por atender reclamos que el propio López Obrador aprovechó, como la corrupción, la inseguridad o la desigualdad, creyendo que el sistema podría seguir adelante como si nada. Como resultado, quienes volvieron a usar el argumento de Venezuela en 2018 descubrieron que les había pasado lo mismo que a Pedrito con el lobo.

Pero dejando a un lado el debate sobre si el cuento precautorio era cierto o no, el debate político en Venezuela apunta a que su experiencia es muy útil para el conjunto de opinadores, intelectuales, académicos y políticos que se auto denominan “oposición”.

Hace unas semanas el diario El Clarín entrevistó al filósofo venezolano Erik Del Búfalo, quien afirmó que no se podían explicar tantos años de chavismo sin una oposición mediocre y acomodaticia, que prefería llamar a la esperanza en lugar de convertirse en una alternativa. Da la sospecha, continuaba, que esperaban la derrota de Maduro solo para aprovecharse de las mismas reglas del juego.

Por otra parte, el pasado domingo 14 el New York Times publicó una editorial de Alberto Barrera Tyszka, donde afirma que, aunque el populismo de México y Venezuela son distintos, hay que aprender algo sobre la polarización que atraviesa el país sudamericano y no por la división, sino porque hace que toda la discusión pública gire en torno a quien polariza, sea a favor o en contra, eliminando cualquier otro debate. En breve, el rechazo también alimenta el carisma y confirmar que el líder es el único eje que garantiza la gobernabilidad.

Barrera Tyzka habla de los efectos de la polarización en la oposición como una oportunidad tentadora, dado que les provee una excitación especial y ofrece un espacio extremo que encuentra en los medios y en las redes una rápida combustión. Esto puede ser más relevante si tomamos en cuenta que los partidos han evitado la autocrítica a lo largo de dos años, haciéndonos creer que 2018 es un accidente histórico.

¿A dónde puede llevar esta dinámica? En palabras del autor: “Tal vez ahora, más que buscar ansiosamente las similitudes entre AMLO y Hugo Chávez, México podría tratar de aprender de la experiencia de la democracia venezolana a la hora de enfrentar el populismo. Corresponder apasionadamente a las provocaciones polarizantes fue en Venezuela una forma de alimentar el narcisismo. Mucho más útil y eficaz habría sido la recuperación de la política original, el trabajo sobre espacios y relaciones de poder alternativos, la construcción de un movimiento ciudadano distinto, dedicado generar su propio poder a partir de luchas concretas y no del enganche emocional con el presidente.

Pero bueno, mientras haya quienes creen que Morena desaparecerá con marchas de automovilistas, memes, chistes e innumerables apodos, pongámonos cómodos: este régimen puede durar hasta 2042, así como vamos.