El alma de las cosas

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Con eso acabaría una idea o una frase, ¿pero el resto de las páginas? Pues nadie sabe, excepto si loco de necesidad el dueño de tan incompleta encuadernación se lanza a buscar un ejemplar completo o lo persigue en la «tableta» y lo compra en «I-Tunes»

Ahora no tengo certeza de la paternidad de este título. Quizá se derive del usado por Alfonso Reyes en aquel célebre ensayo en cuyo desarrollo nos dice cómo los objetos a veces conspiran contra nosotros y cómo en la parte demás inspirada del cuento la máquina de escribir se atasca.

En estos tiempos nos quejaríamos del misterioso, irrecuperable viaje de nuestras líneas a una incógnita nube en el ciberespacio. Quien no haya sufrido la pérdida, el borrón o el disparo de un texto, puede lanzar el primer «byte».

Las cosas se pierden cuando las necesitamos, los libros se esconden en el anaquel cuando queremos usarlos para una grave cita sentenciosa por la cual los lectores nos creerán eruditos o al menos capaces de discutir quince minutos sobre novedades editoriales en la feria del Libro de Guadalajara.

Se quedan las llaves bajo los tapetes del auto, se pierden las plumas y los pares de mancuernillas se vuelven nones.

Julio Cortázar se queja del inexplicable rodamiento de un terrón de azúcar cuya forma casi cúbica (paralelepípedas razones, les llama) lo deberían dejar quieto cuando se ha caído de la mesa.

En la emergencia el auto se atasca y el Viagra se pierde cuando el otoñal caballero se siente Rodolfo Valentino en el Sheik, aquella célebre cinta en la cual el galanazo seduce con ímpetu no sólo a Agnes Ayres, su compañera de rodaje, sino a la señora de la butaca de junto.

Pero las cosas se burlan de nosotros. Los yucatecos lo atribuyen a los «alushes», conocidos en otras latitudes como chaneques, quienes no son sino duendes bromistas. Pero en algunos casos uno lo deber atribuir a la mala calidad de los objetos. En el caso de este relato de los libros de editoriales españolas, las cuales —como todos sabemos—, hacen la América con sus autores, su «boom» y sus premios anuales a literatos a veces insustanciales (Alfaguara).

No es el caso de Mario Vargas Llosa cuya obra La civilización del espectáculo, yo leía, subrayaba y disfrutaba, hasta llegar a la triste página 49 la cual, tanto como las siguientes 22, se quedó en blanco. Un blanco blanquísimo. Ni siquiera el poema «Blanco» de Octavio Paz tiene la albura ejemplar de esas páginas vacías.

Obviamente la compaginación equivocada puede ocurrir en cualquier familia. Sucede hasta en las mejores, pero cómo acabará la siguiente idea:

«Desde que Marcel Duchamp, quien que duda cabe, era un genio, revolucionó los patrones artísticos de occidente estableciendo que un escusado (más bien un urinario) era también una obra de arte si así lo decidía el artista, —dice MV en su análisis sobre el esnobismo estético comercial—, ya todo fue posible en el ámbito de la pintura y la escultura, hasta que un magnate pague doce millones y medio de euros por un tiburón preservado en formol en un recipiente de vidrio y que el autor de esa broma, Damien Hirst, sea hoy reverenciado no como el extraordinario vendedor de embaucos que es, sino como el gran artista de nuestro tiempo. Tal vez lo sea, pero eso no habla bien de él sino muy mal.

Y después, el vacío. La blancura total, como aquella nube lechosa con cuyo velo se quedaban ciegos los personajes de Saramago en su Ensayo sobre la ceguera.

¿Cómo podría terminar la idea mutilada por las páginas blancas? ¿Podría un masoquista profesional llenar a mano con sus ideas la cosa faltante como una nueva forma del cadáver exquisito?

Quizá pudiera decir:

» Tal vez lo sea, pero eso no habla bien de él sino muy mal del sistema de galerías mediante cuyo concurso y estímulo cualquier idiota con dinero convierte el lavado monetario en colección de arte…».

O a lo mejor:

» no habla bien de él sino muy mal de todos los imbéciles cuya confusión les impide distinguir una obra de arte de una bosta de vaca y se sienten muy sabihondos, chidos y tururú cuando leen este libro.»

Con eso acabaría una idea o una frase, ¿pero el resto de las páginas? Pues nadie sabe, excepto si loco de necesidad el dueño de tan incompleta encuadernación se lanza a buscar un ejemplar completo o lo persigue en la «tableta» y lo compra en «I-Tunes» con lo cual le dará la razón a quienes auguran la muerte del libro de papel y el nacimiento poderoso de los libros «on line».

Obviamente un lector frecuente puede suponer el rumbo de las ideas y la tendencia de las argumentaciones del autor cuyas preocupaciones por la banalización, la impostura, la fantochada generalizadora y la ausencia de compromiso en la obra cultural; la ligereza, la levedad, el confort estéril, el dinero fácil y todos los demás signos de nuestro políticamente correcto tiempo, son conocidas y reiteradas cuando la tinta ha vuelto al resto del ejemplar. También puede tirarlo a la basura o devolverlo con una carta de queja a la editorial. ¡Osú!

Sin embargo, todo tiene su compensación. En la cultura del esnobismo contemporáneo una primera edición mal encuadernada del ensayo de un Premio Nobel superará en valor a una edición completa, pero para colmo de males la mía no es una primera edición sino una primera reimpresión.

Entonces

racarsa@hotmail.com