Don Refugio y Doña Irma

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– Dejadla, dejadla ¿pero qué mal les ha hecho? —es el tristísimo y escalofriante lamento que en las silenciosas noches de Tlacotalpan escuchan los trasnochados.

Tlacotalpan es una muy antigua ciudad mexicana asentada a las orillas del Río Papaloapan que durante el siglo XII al XIV fue habitada por toltecas y totonacas.

A finales del siglo XV cuando los mexicas conquistaron Cempoala y Cotaxtla, el poblado que se encontraba a las orillas del Río Papaloapan recibe el nombre de Tlacotalpan por el hijo de Moctezuma I, Axayácatl que era quien dirigía la conquista de estos territorios.

Después de la llegada de los españoles, Tlacotalpan fue descubierta por Alonso Romero quien se apropió de ella y la gobernó él y su familia durante varias décadas.

Esta pacífica y próspera ciudad no quedó exenta de malos momentos, por ejemplo durante la guerra de España contra Inglaterra a principios del siglo XVII los filibusteros desembarcaron en Alvarado para destruir la creciente industria náutica que se desarrollaba en la zona para después atacar e incendiar el vecino poblado de Tlacotalpan.

En aquellas épocas la pequeña ciudad de Santiago de Tlacotalpan se dividía en dos barrios, el Barrio de Arriba que comprendía la iglesia de San Cristóbal, la Capilla de Nuestra Señora de la Candelaria y su plaza principal, ahí era donde vivían poco más de 250 españoles y algunos pocos mestizos que habían logrado hacer pequeñas fortunas, además de que los lazos sanguíneos los emparentaba con los ibéricos lo que les permitía convivir con los europeos, y el Barrio de Abajo que era en donde los naturales y negros vivían, este barrio también tenía su parroquia, la de San Miguel Arcángel, y su jardín.

Corría el siglo XVIII, el siglo de las luces, en el cual la Nueva España prosperó y donde Tlacotalpan era un lugar apacible y en desarrollo, donde, decían, se vivía tranquilamente, pero ese crecimiento económico y la imperturbable paz escondían un sentimiento hostil pues la prosperidad solo se veía en el Barrio de Arriba mientras que en el Barrio de Abajo el descontento y resentimiento se iban acumulando.

Fue a mediados del siglo, que en ese hermoso poblado mexicano ubicado a las orillas del río Papaloapan vivieron Don Refugio González y Romero y su amada esposa Doña Irma Castillo de González y Romero.

Era un matrimonio muy bien avenido a los cuales la fortuna siempre les había sonreído.

Don Refugio hijo de españoles descendientes por la línea materna de Don Alonso Romero primer comendador de Santiago Tlacotalpan había heredado y era dueño de varios trapiches en donde se extraía azúcar de caña así como de dos grandes potreros en los cuales pastaban más de 1300 cabezas de ganado, La Hacienda Vieja era de su propiedad y era la tercera más grande de la zona.

Doña Irma era una mujer por todos conocida como virtuosa y caritativa, de un gran corazón entregada a su marido y a las obras de caridad.

La historia de su amor era por todos conocida pues superó todos los obstáculos que se les presentaron.

Ella pertenecía a una familia mestiza de poco renombre, pero su belleza cautivó desde el primer momento a Don Refugio que no cesó en sus intentos por conquistar el amor de tan bella mujer.

Los padres de la hermosa dama se negaban a dar el consentimiento para que la cortejara el joven y rico hacendado pues era su creencia que sólo deseaba burlar la honra de su preciada hija.

Por mucho tiempo Don Refugio insistió con regalos que llevaba a la casa de la bella joven y que al otro día le eran devueltos por conducto de algún sirviente y siempre con el mismo mensaje.

– Por favor no insista usted.

Las devoluciones de los regalos y la aparente indiferencia de Doña Irma en lugar de alejar al joven enamorado, lo único que lograban era aumentar la pasión que el joven sentía por Irma.

El enamorado no perdía oportunidad para hacerse presente frente a la joven y enterado de que ella era un alma pura y de fervorosa religiosidad y que todos los días asistía a la misa que se llevaba a cabo en la Capilla de Nuestra Señora de la Candelaria el enamorado, para conseguir el favor de la bella, decidió de un día para otro convertirse en un ferviente cristiano, que casualmente se aparecía en dichos oficios religiosos.

Así pasó un año, en el cual Don Refugio no cesó en su insistencia y finalmente a pesar del fiero celo del padre de Doña Irma, obtuvo una pequeña señal de esperanza.

Después de comulgar ella furtivamente lo miró y él alcanzó a percibir una pequeña sonrisa.

No hay que decir que a partir de ese día el joven redobló su asedio a la joven muy a pesar de la oposición de quienes serían sus suegros.

Poco tiempo después Don Refugio y Doña Irma consagraban su vida el uno al otro en la misma capilla que ambos frecuentaban.

Al poblado de Santiago Tlacotalpan le tocó vivir una boda de la cual se habló por mucho tiempo.

La belleza de Doña Irma el día de su boda fue tan comentada que llegaron a decir que era la mujer más bella de Veracruz.

Don Refugio a partir de su matrimonio no paraba de halagar con regalos y fiestas a su joven esposa.

Así vivieron una vida de amor y ensueño por varios años.

Pero como siempre sucede en estas historias, las maledicencias de la gente muy pronto empezaron a envenenar el ambiente.

Unos decían que el matrimonio de la feliz pareja había sido concertado para sacar de la medianía a la familia de la joven.

Otros afirmaban que ella había hecho un trato con el diablo para ser y mantenerse tan bella.

Estos rumores movían siempre a la risa a Don Refugio, pero la felicidad de la pareja finalmente tuvo un periodo de crisis pues un rumor se extendió como pólvora.

Se decía que la pareja ya no hacía vida marital y dormían en habitaciones separadas, porque él la había sorprendido con un amante.

Este rumor fue el parteaguas de una situación en la cual se desencadenaron sucesos lamentables que quedarían registrados en la historia del poblado.

Fue el inicio de una serie de rumores que se extendían con una velocidad inusitada y todos ellos contaban hechos reales que acontecían dentro de hogar del matrimonio y que de alguna manera se sabían en el poblado pero corregidos y aumentados.

A partir de ese rumor, muy ofendido Don Refugio se dio a la tarea de investigar quién o quienes se encargaban de difundir esas calumnias, era evidente que podía ser alguien de la servidumbre o bien algún familiar cercano.

No pasó mucho tiempo cuando descubrió a una sirvienta espiando una conversación de Doña Irma.

Convencido de haber encontrado a la causante de tanto infundio tomó del brazo a la espia y la arrastró fuera de la casa, lleno de ira azotó a la mujer y la echó de la casa.

Al poco tiempo Doña Irma fue enterada de lo acontecido a la sirvienta y recriminó a su esposo por semejante conducta y mostrando nobleza y un gran corazón mandó por la mujer que había sido azotada.

De vuelta el mensajero le informó a la esposa de Don Refugio que la sirvienta estaba muy maltratada y que las heridas le impedían moverse, ella inmediatamente dispuso que fuera el médico de la familia a atender las heridas de la sirvienta.

Pasados dos días la noble mujer deseaba saber cómo progresaba la sirvienta de sus contusiones y mandó decir que la visitaría al día siguiente.

La noble dama, como había prometido, al día siguiente salió de su casa poco antes del Ángelus y se dirigió, al Barrio de Abajo a visitar y consolar a su sirvienta, fue recibida con gran alborozo, la mujer azotada se había levantado ya de su cama y para festejar a su distinguida visitante le había preparado un plato especial.

Siempre de un gran corazón Irma accedió a comer del guiso que la sirvienta le ofreció y a los pocos minutos la bella mujer caía muerta.

La sirvienta así cobraba venganza por el castigo que Don Refugio le había impuesto, se había vengado en lo que más quería su verdugo

Al enterarse de que su mujer había muerto a manos de la sirvienta, don Refugio desquiciado por el dolor a la media noche prendió fuego a la casa de la sirvienta que muy rápido se extendió a las casas contiguas, que eran de madera, iniciándose así un gran incendio que destruiría más de la mitad de Santiago Tlacotalpan.

Esa noche murieron muchas personas, unas atrapadas por el fuego mientras dormían, otras tratando de rescatar a sus seres queridos de las demenciales llamas del voraz incendio.

Don Refugio se escondió en su hacienda y a los pocos años murió atormentado por los miles de fantasmas que noche tras noche se levantan de sus tumbas para unirse a un desfile interminable de seres calcinados que a la media noche en silenciosa procesión recorren la ciudad hasta llegar a su finca.

– Dejadla, dejadla ¿pero qué mal les ha hecho? –es el tristísimo y escalofriante lamento que en las silenciosas noches de Tlacotalpan escuchan los trasnochados después de la media noche.

Se dice que un ejército de espectros recorre las calles del pueblo en un lúgubre peregrinar en donde los trasnochados son sorprendidos por la columna de fantasmas.

Quienes han sido testigos de esta procesión infernal y no han perdido la razón aseguran que en medio de la columna va una mujer muy hermosa que es atormentada por los otros espectros.

Se dice también que en el otro extremo del poblado y al mismo tiempo se puede ver el fantasma de Don Refugio en la entrada de lo que fue su hacienda, algunas veces hincado clamando perdón y otras veces desquiciado, maldiciendo y llorando por el amor de su vida.