Obrador y el síndrome del cangrejo

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El presidente Obrador está jugando con fuego. Su ambición de poder amenaza al país con una crisis política. En lugar de convocar a una política conciliadora ha optado por la polarización. Ha dividido a la opinión pública en dos extremos opuestos. Su propuesta de una “cuarta transformación” no goza del consenso de los mexicanos. Pero está tan decidido a llevarla a cabo que no duda en recurrir al uso de la fuerza para imponer sus ideas.

La crisis sanitaria derivada de la pandemia del Covid -19 y la mala administración de su gobierno han propiciado una crisis económica sin precedentes. Y su gobierno acusa severos problemas de gobernabilidad. Lo peor es que con su actitud de caudillo ha propiciado la pérdida del equilibrio en los poderes del Estado. Mantiene un rígido control del Poder Legislativo y ha partidizado al Poder Judicial. Con su actitud busca a toda costa erigirse en el poder de los poderes.

A pesar de las diferencias políticas y sociales, México ha mantenido una estabilidad en los últimos 86 años. De Lázaro Cárdenas a Peña Nieto todos los gobernantes concluyeron, sin interrupción, sus mandatos sexenales. Sin que nadie se lo pidiera Obrador puso en el tapete de la discusión el tema de la revocación de su mandato como pretende llevarlo a cabo en una especie de referéndum en el año 2022. Aunque él ha dicho que gobernará por solo seis años, su ambición lo desborda y no hay duda de que pretenda perpetuarse.

Se equivoca, México no es una aldea. Somos una nación multicultural. Es un deber moral y político conservar la unidad de los mexicanos, sólo así protegeremos y preservaremos la soberanía republicana de la patria heredada por nuestros mayores.

A lo largo de la historia nuestro país ha pagado un alto costo por la inestabilidad política, que llevó incluso a la nación a una pérdida importante de nuestro territorio y a enfrentar invasiones y guerras con potencias extranjeras.

Antes del Porfiriato, cuya dictadura se prolongó por tres decenios, México vivió etapas cruentas, entre 1821 y 1876 estuvimos en guerra civil los mexicanos. En esos 55 años nuestro territorio nacional fue cuatro veces mutilado, siete potencias extranjeras nos agredieron, se registraron 95 cambios de presidentes y tuvimos 10 constituciones.

Después afrontamos el proceso de la revolución mexicana para sacar del poder a Porfirio Díaz. Después el país se desangró por un lapso de casi una década.

Si con Cárdenas inició el periodo de estabilidad del país, el PRI se mantuvo un poco más de siete décadas en el poder, la alternancia llevó al gobierno al Partido Acción Nacional, y después de una breve pausa del PRI, emergió Obrador con un proyecto populista sin declararse ideológicamente de izquierda, de acuerdo a su declaración de principios y estatutos al día de la elección en 2018.

Obrador ahora quiere dar un viraje y busca anclarse en el pasado de nuestra historia. De ahí es que recurre cotidianamente en su discurso a pasajes de la historia, que él mismo deforma a su conveniencia por su falta de conocimiento sin tener la autoridad moral para asumirse como un prócer.

El tabasqueño vive atrapado en el pasado y padece el síndrome del cangrejo. Su mirada está puesta en esa cosa que los venezolanos llaman la “revolución bolivariana”. Su partido, Morena, es un menjurje de ideologías que abonan en el populismo.

Mirar hacia Venezuela o Cuba sería una regresión de nuestra historia. Sin el consenso de los mexicanos Obrador hundiría al país en un estallido social. De ahí que las balandronadas de los supuestos “complots” para “derrocarlo” son meras fantasías.

No hay amenazas de un golpe de Estado, lo que sí hay son los golpes de pecho del propio Obrador para victimizarse incurriendo en un juego perverso del poder para involucrar a nuestras fuerzas armadas.

No se pueden hacer comparaciones entre el México actual y el México del pasado. Puede resultar peligroso para el país, el que Obrador juegue con sus fantasías producto de su paranoia.

En los últimos años de su vida, el general Cárdenas vio cómo se fue diluyendo el cardenismo en el sector de las fuerzas armadas con la llegada del general Marcelino García Barragán. Durante los últimos diez años de su existencia Cárdenas se desempeñó hasta su muerte en 1969 como vocal ejecutivo de la Cuenca del Balsas. Apoyó a los jóvenes estudiantes del movimiento de 1968 y cuando en Cuba soplaban los aires del comunismo, Cárdenas recibió del alto mando castrense una orden. Le prohibieron a Cárdenas visitar Cuba.

Quedaban claro, desde entonces, las consignas principales que el Ejército tiene que ejercer son: Defender la integridad de independencia de la Nación y Mantener la Constitución.

Los militares, debe entender Obrador, son factores reales en el proceso de construcción de decisiones. Si los promotores de incluir a México en el bloque de los países de la “revolución bolivariana” deben de saber que para nuestras armadas la seguridad nacional no es la seguridad de una camarilla, de un partido en el poder, de un régimen determinado o de personas específicas, razón por la cual el ejército mexicano, reconociendo sus orígenes, debe sostener que la tarea no es ser instrumento, sino protagonista activo que responda a las complejas exigencias de la sociedad a quien debe su mayor empeño y de donde procede, y que hoy reclama como exigencia básica asegurar la transición a un México democrático, plural y con acceso a la riqueza social generada por el conjunto.

(Mañana continuaremos con el tema del papel, el poder y el contrapeso de las fuerzas armadas)

El autor es periodista y escritor.