La venganza de Tom

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Durante muchos años oí decir muchas cosas sobre los gatos domésticos, que son muy tiernos y cariñosos, que si los dejas caer de espaldas el gato siempre caerá sobre sus cuatro patas, que un gato no tiene dueño, que no son leales, que son muy independientes, que es un depredador despiadado, que su cabello al ser respirado por el ser humano puede causar la muerte, que representa lo oscuro, lo diabólico.

Es cierto que a lo largo del tiempo y la historia los gatos han estado presentes y ocupado un lugar especial en todas las culturas, lo encontramos presente, desde el antiguo Egipto hasta el Imperio Romano, desde la época medieval hasta la actualidad, y a través de todas las religiones.

Los guerreros de las sociedades prehispánicas llevaban máscaras de gato con las que participaban en las ceremonias, con la esperanza de que el espíritu del felino entrara en sus cuerpos y, así, obtener las cualidades del sigilo y la astucia para transformarse en guerreros invencibles. El gato tiene poder sobre la vida y la muerte.

En el antiguo Egipto Mau representado como gato personificaba al Dios Ra; también estaba Tefnut, diosa del agua, hija de Ra representada con cuerpo humano y cabeza de felino y finalmente Mafdet, diosa con cuerpo de mujer y cabeza de gato que protegía contra los ataques de los animales venenosos, pero también, en las ejecuciones, se apoderaba de la cabeza y cuerpo del verdugo y era ella quien en realidad llevaba a cabo la ejecución, para así llevar el corazón de su víctima ante Set dios de lo incontenible.

A cambio de casi nada a los gatos obtienen del hombre alimento, techo, cuidados especiales, como servicio médico, peluquería, baño, a pesar de que no les gusta mojarse, juguetes, también reciben respeto, cualquiera sabe que con esas afiladas garras y dientes sería muy temerario maltratar a un gato.

La gente admira a estos animales, por la habilidad que tienen para conseguir sus objetivos, la sangre fría con la que acechan a sus víctimas esperando pacientemente el momento oportuno para desencadenar su fulminante ataque.

Pero una de las características que más intimida al ser humano es esa dualidad que va de lo místico a lo diabólico, de lo tierno a lo aterrador.

Puedo decir que un gato es una buena compañía mientras te sujetes a sus normas, pero también hay que decir que es convenenciero, posesivo, muy egoísta y aunque parezca exagerado; maligno.

Y de eso trata esta historia.

Tom es un hermoso gato de la raza Mau, sí, así se llama la raza de estos gatos, llegaron de Egipto y se adaptaron y crecieron en América.

Hace 3 años apareció en la puerta de mi departamento, estaba en una gran caja y tenía unas dos semanas de nacido, maullaba desconsolado, mi primera intención fue mover la caja a la puerta de otro departamento para que fueran otros los que lidiara con el problema del animalito.

Levanté la caja para llevarlo a otra puerta, pero el gato no dejaba de maullar, pensé que con esos alaridos yo sería descubierto en la maniobra así que para tratar de calmarlo y hacer que callara metí mi mano a la caja y con dos dedos lo acaricié, el animalito de inmediato cambió los maullidos por un suave ronroneo y sin dejar de mirarme me dio algunos lengüetazos, no tengo que decir que ese gesto me ablandó y decidí quedarmelo, vivía sólo y una compañía como la del gatito podría hacer que mi vida en el departamento fuera menos solitaria

Nunca supe quién lo dejó ahí y conforme pasaba el tiempo comencé a sentirme afortunado pues no es un animal problemático, es dueño, si me permiten la expresión, de una gran personalidad y de un gran temperamento.

Es cariñoso y juguetón muy apegado a mi y desarrollé un lazo afectivo tan profundo que yo lo considero como parte real de mi familia, no en el sentido retórico que puede interpretarse de una frase tan gastada y mal usada como es la de «es como de la familia» no, no es en ese sentido, el lazo que nos une a Tom y a mi es muy profundo que es difícil de explicar.

Siempre ha sido ese compañero que entiende tus estados de ánimo y sobre todo te sabe acompañar.

Si estas triste se queda echado junto a ti en silencio y si lo deseas, él parece adivinarlo, te consuela con delicados lengüetazos. Si la alegría está en tu corazón, juega y corre a lo largo y ancho del departamento.

Mi peludo compañero también tiene sus malos momentos, por ejemplo cuando percibe que alguna gata en celo ronda por su territorio y no puede salir porque las ventanas del departamento están cerradas, me advierte con maullidos cortos y graves que desea que le abra alguna ventana y si por alguna razón no atiendo su solicitud los destrozos no se hacen esperar, pero estos no son al azar, busca las cosas que más valoro y las destruye, o bien finge estar de buenas y cuando lo acaricio no pierde la oportunidad de hacerme saber que está disgustado, en varias oportunidades ya he probado en mi piel sus afiladas garras y dientes.

Nuestra relación ha sido un continuo aprendizaje de cómo somos, aunque en realidad en ocasiones creo que ha sido un largo periodo de entrenamiento en donde Tom me ha enseñado a satisfacer sus necesidades.

Pero ya que aprendimos —¿o aprendí?– a entendernos y procurarnos bienestar la convivencia ha sido muy estrecha, creo que ambos tenemos un vínculo emocional muy fuerte.

En fin, Tom no parece ser un gato, ni una mascota, parece conocerme tan bien que siempre ha tenido la actitud justa, la actitud adecuada al momento, en ocasiones parece como si algo en él fuera casi humano.

Pero las cosas cambiaron un día.

Hace ya casi 9 meses, fue cuando finalmente se ocupó un departamento que está un nivel más bajo que el mío, pero justo enfrente.

Ese departamento permaneció vacío muchos meses porque nadie lo quería rentar pues existía un adeudo de varios años de las cuotas de mantenimiento que el dueño del mismo se negaba a pagar.

Un sábado sorpresivamente la tranquilidad del edificio se vio alterada, un constante ir y venir por las escaleras, voces masculinas dando órdenes, ruido de muebles que son arrastrados y reubicados constantemente.

El departamento vacío estaba siendo remodelado para ser ocupado nuevamente, pintores y empleados de mudanzas hacían todo ese barullo que a mi y a mi peludo compañero nos intrigó. Tom se sentó en el marco de la ventana para observar hacia el piso inferior meneando con un rítmico e hipnótico vaivén su larga cola.

Yo no pude aguantar la curiosidad y de inmediato llamé por teléfono al administrador del edificio quien me comentó que unos días atrás se había presentado el dueño y con malos modos había liquidado el adeudo del mantenimiento y había avisado que una joven se mudaría ahí.

El administrador no sabía qué relación tenía la joven con el dueño pero se nos hizo muy curioso que finalmente se hubiera doblegado y pagado el adeudo.

Tom y yo tratábamos de ver e identificar desde nuestra ventana a la nueva inquilina, pero nos fue imposible, solo logramos oír su voz, jovial y firme.

También nos sorprendió ver corretear a una pequeña de unos tres años que gritaba emocionada en su nuevo hogar.

Cuando oí los gritos de la nena le comenté a Tom:

  • Hay que decirle adiós a nuestra tranquilidad, esa niña tiene unos pulmones muy poderosos.

Tom contestó con un maullido corto y grave. Yo sonreí y le dije:

  • Quizá no hagan tanto ruido después de que se les pase la emoción. Están alegres por qué estrenan su nuevo hogar, verás que es pasajero, eso espero.

Y sí, la tranquilidad regresó rápido, justo después de que terminó la primer semana, las reparaciones y adecuaciones del departamento finalizaron y en pocas ocasiones se oía la voz de Paty la pequeña niña.

Rara vez se le escuchaba porque temprano la llevaban a la guardería y regresaba con su madre ya entrada la tarde, entre las 6 y 7, y el sonido que se podía percibir del departamento en cuestión era la joven voz de la madre que llamaba a cenar a la niña.

Los fines de semana salían temprano y regresaban por la noche solo a dormir.

A Susana, la madre, la conocí tres meses después de su llegada al edificio.

Fue en una junta de condóminos, me impactó la frescura de su sonrisa, franca y espontánea y sobre todo su mirada dulce.

  • Soy tu nueva vecina y me dicen que tu eres el enigmático habitante del departamento que está arriba del mío –dijo con una gran sonrisa.

No tengo que decir que a partir de ese momento ambos quedamos flechados, ella era una mujer perfecta, hermosa y con la sonrisa y mirada más seductora que he visto jamás.

La amistad se dio desde ese día y fue creciendo mucho más rápido de lo que ninguno de los dos esperaba.

A los tres meses de frecuentarnos ya sabíamos que nuestro destino era estar juntos.

Paty, la linda niña también me robó el corazón, pero fue ella y Tom la causa del gran problema que enfrentamos su madre y yo.

La niña resultó ser asmática y además alérgica a los gatos, ambos factores le impedían estar cerca de algún felino por más simpático y bonito que pudiera ser.

Susana y yo platicamos mucho sobre el tema, yo le decía que Tom era parte de mi, que era mi única familia, que no tenía corazón como para separarme de él.

Ella entristecía y guardaba silencio al oír mis razones, tengo que decir que nunca me pidió renunciar a Tom, pero yo sabía que tarde o temprano tendría que escoger y me quedaba muy claro quién perdería en mi elección.

Durante todo este tiempo del noviazgo me alejé de mi mascota, primero porque mucho del tiempo libre que tenía ahora se lo dedicaba a Susana y a su hija y por la condición de salud de la niña yo evitaba acercarme mucho a mi gato.

Sin embargo Tom aprovechaba al máximo el poco tiempo que le podía dedicar, yo solo tenía que entrar al departamento para recibir miles de muestras de afecto de mi pequeño compañero.

Todas esas muestras de cariño de mi mascota me ponían triste, cargaba y abrazaba a Tom y me sentaba en mi sillón preferido con él, acariciando su cabeza y repitiendo su nombre mientras él me mostraba siempre su amor, lengüetazos, ronroneos, cariño, mucho cariño.

Pero llegó el día que se lo dije a Tom.

Cargué al gato y me senté en el sillón y mientras él me daba lengüetazos ronroneando le dije que nos tendríamos que separar, le expliqué que lo quería muchísimo pero que Susana me había robado el corazón, le platiqué de la enfermedad de Paty y que eso hacía imposible que convivieramos los 4 juntos.

Mientras le explicaba mis razones Tom dejó de ronronear y me miraba fijamente casi sin parpadear, oyó y entendió todas mis palabras, se soltó de mi abrazo y salió de la sala.

Durante 3 días Tom desapareció, me dolía mucho su ausencia, pero no hice nada por buscarlo.

Fue al cuarto día de su desaparición que oí a Paty.

  • Gatito, gatito, ven…

El corazón me dio un vuelco, Paty le hablaba a un gato y eso era muy grave, su alergia le cerraría las vías respiratorias superiores y podría provocarle la muerte.

Corrí hacia la ventana.

Enfrente y abajo la niña estaba parada con medio cuerpo fuera de la ventana extendiendo su manita hacia Tom que estaba por fuera sentado en el borde.

Mi corazón empezó a bombear con fuerza, sentía mi sangre golpear en mi cuello y solo alcancé a decir.

  • Paty, cielo, háblale a tu mami ¿si?

Tom me miró, su mirada era casi humana, fría, llena de desprecio y brincó sobre la cabeza de la pequeña.

La caída fue mortal.

Susana se derrumbó y 3 meses después de la tragedia, se niega a hablar de nosotros, no le he dicho lo que vi, por cobardía, porque sé que nos alejaría definitivamente.

Tom, no ha regresado al departamento, pero lo he visto espiando a Susana.