¿Sería posible otra revolución mexicana?

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CARLOS ANTONIO AGUIRRE ROJAS, HISTORIADOR:

Cuando la dictadura es un hecho, la revolución se vuelve un derecho. Victor Hugo

CIUDAD DE MÉXICO.- En estos tiempos de crisis por la pandemia del covid-19, muchos personajes de la 4T, dentro y fuera del gobierno anuncian que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador ya pasó de la fase de la transformación a la de la revolución.

Recordemos que las revoluciones se realizan a través de la violencia y culminan con la destrucción de un Estado, o una forma de Estado o de gobierno, para instaurar formaciones políticas distintas. La revolución por antonomasia es la francesa de 1789, que aniquiló el modelo político, económico y social del feudalismo y construyó un nuevo régimen republicano, democrático, sin privilegios de cuna, igualitario y capitalista.

La lección de la revolución francesa es inequívoca: sin violencia no hay revolución ni transformación de fondo. Más aún: se necesita el terror revolucionario. Hasta hoy resuena la máxima de Robespierre: la virtud sin el terror es impotente, mientras que el terror sin virtud es funesto porque golpea ciegamente. El Terror llegó a su máxima expresión en 1793, con la guerra sangrienta contra la aristocracia y el clero que sembró de guillotinas toda Francia y llegó a lo inimaginablemente simbólico con la decapitación del rey Luis XVI.

La otra revolución icónica es la rusa, que igualmente destruyó un régimen absolutista para instaurar un nuevo modelo económico, político y social. Esta revolución tuvo la peculiaridad de contar con un actor nuevo: el revolucionario profesional. Lenin, Trotsky y compañía se dedicaron por años a organizar la revolución; grupos que querían sacudir a Rusia les pagaban por ello, sin que implicara la venta de sus conciencias.

Otras revoluciones más cercanas a nosotros también han mostrado la eficacia de la violencia armada para derrocar gobiernos y cambiar regímenes. La nuestra misma, desde luego, la Revolución Mexicana, que tuvién, la o  episodios magníficos al respecto.

Luego, también, la cubana.

En este contexto, acicateados por la profunda crisis generada por la pandemia, muchos ideólogos y opinadores cercanos a la 4T e incluso el propio López Obrador, plantean la idea de acelerar y profundizar la transformación del país mediante una revolución, pero no violenta ya. Dicen que la mera administración pública y la gestión gubernamental, son insuficientes, neoliberales.

Incluso, machacan con una nueva cronología histórica, una especie de año cero, tras el cual se ubican las tres  largas décadas del neoliberalismo. Incluso, retoman ideas, frases, imágenes y parábolas de las grandes revoluciones. Dicen algunos que México vivirá días y meses estremecedores aludiendo al libro de John Reed Diez días que estremecieron al mundo, sobre la revolución rusa. ¿Pero puede hacerse una revolución desde un gobierno constitucional? Parece improbable; si acaso puede intentar un cambio de régimen, hacer una reforma, pero este cambio no es necesariamente revolucionario. No obstante, digamos que se emprende la revolución desde el gobierno, ¿puede hacerse sin violencia revolucionaria? La experiencia histórica dice que no. Sin terror, la virtud es impotente; sin fuerza y determinación para utilizarla de manera implacable y eficaz no es posible una transformación revolucionaria y el intento puede terminar en meros cambios, importantes en sí mismos, pero pequeños en comparación con objetivos verdaderamente revolucionarios.

Tampoco parece haber en México una clase revolucionaria, ni profesional ni empírica; lo que parece haber es un furor desbordado por protagonizar una revolución que ayude a desahogar los ensueños personales que a muchos ha provocado la 4T, de sentirse, aunque sea en la fantasía, un Robespierre, un Saint-Just, un Lenin, un Castro o un Zapata.

¡Con los hijos no, presidente..!

PRESIDENTE LÓPEZ OBRADOR:

Papá, pagué una camisa y me me dieron dos… ¡Qué afortunado, hijo, vámonos! Francisco Martín Moreno, ayer

Todo apunta a que usted ha hecho, solo, el trabajo al que muchos dedicamos años tratando de evitar que usted lograra su sueño presidencial, y ahora usted mismo habría hecho  justamente lo indicado para que eso ocurra…

Créame, presidente, que si lo de los negocios de su hijo es una falacia, ahora le aplaudiré que convenza al país de que todo fue una trama infame, porque para evitar su ascenso a la cumbre yo jamás lo infamé, porque publiqué hechos ciertos.

Hoy escribo estos renglones porque no quisiera que México sufra un daño inmenso si en verdad usted apoyó a sus hijos para realizar los negocios que en  un dos por tres les volvieran grandes magnates sin haberlo alcanzado ellos mismos, con su esfuerzo y su talento y no con ese apoyo maldito que usted les habría dado.

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