Dimensiones (cuento)

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– ¿Por qué estás así? – preguntó Leticia mientras se sienta junto a Ariel

– No tengo nada, solo es… no sé, es como si esto que vivimos ahora fuera irreal, un sueño, ¿me entiendes?

– ¿Irreal?

– Si. Cuando llegas siento como si la realidad cambiara, se vuelve diferente, los colores son más intensos, más reales, las formas de las cosas, sus texturas son más definidas. Siento que al estar encerrados aquí juntos este sentimiento se materializa, se convierte en algo que puedes tocar, acariciar, pero si salimos o salgo del límite de esta habitación este mundo perfecto, este capullo en el que estamos desaparecerá.

Se levantó y se acercó a la ventana.

– Siento que si juntos abrimos esta ventana, el paisaje que veremos tú y yo solo lo podemos ver porque estamos juntos, pero si la abriera estando solo lo que vería sería completamente distinto, diferente y quizás hostil.

Ella lo contempló pensativa y tras unos segundos de silencio tomó la mano de Ariel y la puso sobre su pecho desnudo y le dijo:

– ¿Sientes esto? ¿crees que es irreal?

– Claro que lo siento – dijo con una gran sonrisa- es lo mágico de estar aquí escondidos, aquí eres real, corpórea, tangible, alcanzable.

Ella se acercó cariñosa a él, paseó sus manos sin restricciones en cada palmo del cuerpo de Ariel.

Él cierra los ojos y se recuesta sobre la cama, siente las manos tibias que sin prisas se adueñan de cada centímetro de su cuerpo, alcanza a oír la pausada respiración de su acompañante y con las sensaciones que percibe en su piel trata de dibujar la escena en su mente.

Hincada y desnuda, con su larga y sedosa negra cabellera rozando su pecho mientras se inclina hacia él, ansioso percibe el fresco aliento cerca de su boca y espera impaciente el beso, pero el tibio roce de la respiración de su compañera se desvía hacia su cuello.

Besa con mucha delicadeza el cuello de Ariel, la reacción es inmediata trata de no moverse, de contenerse pero no puede evitar echar su cabeza hacia atrás y levantar solo un poco el pecho.

Deja de respirar por un momento mientras ella prolonga un poco más la caricia de sus labios.

En un impulso casi automático lleva sus manos hacia ella y sin tocarla empieza a dibujar, abarcar con sus manos la figura de la mujer que lo enerva.

Se da cuenta que ella tiene la misma reacción que él con el rose de sus manos.

Leticia esconde su cara en el cuello del joven emitiendo entrecortados y casi imperceptibles suspiros que se prolongan en una atormentadora lentitud mientras los brazos de Ariel la abarcan y los funden.

El rítmico vaivén, monosílabos, palabras entrecortadas, espasmos de sus torneados muslos aprisionando la cadera de su compañero, los temblores de las manos tratando de asirse, de alcanzar, de atrapar la fugitiva sensación que explota en sus entrañas cuando la humedad es más abundante.

Levanta un poco su cara para ver la de Ariel y su cabello hace una cortina que oculta los dos rostros que se miran con pasión, con sensaciones desbordadas.

Ella lo ve a los ojos y solo puede emitir risitas entrecortadas mezcladas con pequeños suspiros y agitada respiración.

Se desploma sobre el pecho de su hombre.

Ariel con los ojos cerrados siente como poco a poco se va normalizando la respiración de Leticia

– ¿Qué?

– Tu cabello – dice Ariel.

– ¿Te hace cosquillas?

– Sí, un poco.

Ella con un movimiento rápido de la cabeza pasa el cabello hacia otro lado.

Sus miradas se cruzan.

Los ojos verdes de Leticia se clavaron en los ojos cafés de Ariel.

No había necesidad de hablar, el sentirse y verse tan próximos, encapsulados por esas cuatro paredes llenaban sus sentidos de sensaciones, sensaciones que hacían parecer estar en un mágico letargo.

– Tengo miedo – dijo Ariel.

– ¿De qué?

– De que todo esto sea un sueño, que sea irreal.

– Aquí estoy mi vida, soy real.

– Lo sé. – dijo Ariel cerrando los ojos.

Desde la oscuridad de sus pensamientos continuó:

– La forma en que nos conocimos, tan extraña, tan mágica, tu ropa tan extraña…

– La tuya es más extraña aún – exclamó ella interrumpiéndolo para después darle un prolongado beso.

– Siento como si esta relación no existiera, siento como si sólo existieras en este mágico espacio en donde la misma puerta nos lleva a cada uno a lugares tan distantes, tan diferentes.

– ¿Te has preguntado por qué? – dijo ella acariciándole la mejilla.

– Si. Y no se la respuesta. Quizás sea algo así como la colisión de dos mundos diferentes que por un fugaz momento se mezclan y que terminarán alejándose. Como si esta habitación fuera la intersección de dos universos distintos que por accidente se han tocado y que tu y yo entramos en contacto en un limitado y reducido espacio que se disolverá cuando nuestros universos se separen.

– Si fuera así, yo seguiría siendo feliz porque me ha dado la oportunidad de conocerte, de abrazarte, de ser tuya, estaría agradecida porque me ha permitido amarte y que tú estés en mi vida

– Yo también estoy feliz de estar contigo – dijo el joven- pero siento esta terrible sensación de que te voy a perder.

– Aquí estoy mi cielo, estoy aquí.

Ariel la abrazó con fuerza.

– Te amo.

– Y yo a ti.

Parados junto a la ventana, ven el atardecer, ese momento en que la luz pierde la batalla contra la oscuridad que implacable conquista todos los espacios, Ariel toma de la mano a Leticia y sienten como el aire fresco recorre sus cuerpos.

– Te voy a perder, te estoy perdiendo.

– No mi vida, aquí estoy contigo y siempre lo estaré.

Ariel la miró a los ojos, su corazón se rompía de dolor, la angustia y la desesperación se adueñaron de todo su ser, la impotencia nubló su razón.

Se abrazaron y se dejaron caer en la cama.

Poco a poco la calidez del abrazo y la fatiga del amor hacen que el sueño los domine.

Abrió los ojos por la sensación de frío, su cuerpo estaba desnudo, y el frió de la tarde entraba por la ventana abierta.

Ariel no estaba a su lado

Se levantó, cerró la ventana, buscó su ropa, muy despacio se vistió, se puso un sweater y se sentó en un sillón, entrelazó los dedos de sus manos y apoyó la frente en ellas.

Una lágrima recorrió su mejilla.

Oyó cómo se abrió la puerta y un pausado caminar que parecía no querer hacer ruido.

– ¿Lety?

– Sí – contestó ella.

– ¿Qué haces mi cielo?

– Nada, aquí .

– Lety, mi vida, no puedes seguir así, él solo fue una quimera.

– Mamita… es real…

La mirada de Leticia se pierde en el vacío, tratando de encontrar una entrada, un resquicio que le permita regresar al mundo que sabe se ha perdido para siempre.