Reforma del DF, un bodrio

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Tras año y medio del primer Congreso local, queda confirmado que la tan cacareada reforma política de la Ciudad de México sólo debilitó a los ciudadanos y a las alcaldías y fortaleció al gobierno central.

Desde el siglo pasado, la oposición se aferró a una reforma que fortaleciera los derechos políticos de los capitalinos, a los que consideraba ciudadanos de segunda por no poder elegir a sus autoridades.

La primera reforma —por consejo de Óscar Espinosa Villarreal, último regente de la capital— la hizo el presidente Ernesto Zedillo, lo que posibilitó la llegada de Cuauhtémoc Cárdenas como primer jefe de Gobierno del DF, en 1997.

Pero los izquierdosos querían una reforma política más profunda, que diera plena autonomía a las autoridades de la capital, la cual llegó hasta 2017, con Miguel Ángel Mancera como artífice.

De hecho, Mancera pensó que ése iba a ser su principal legado a los capitalinos, pero, en realidad, para lo único que sirvió fue para dar más poder al gobierno central y debilitar las alcaldías.

Se cambió el nombre de Distrito Federal por el de Ciudad de México; el de Asamblea Legislativa por Congreso local, y se logró que las autoridades capitalinas pudieran nombrar a los titulares de la Policía y de la Procuraduría de Justicia.

Pero, en realidad, lo único que logró esa reforma fue que los ciudadanos se inconformaran porque la capital dejara de llamarse DF; que el gobierno impusiera a una incondicional en la Fiscalía “autónoma” y que se integrara la peor legislatura local de la ciudad.

Porque nadie puede negar que la fiscal Ernestina Godoy es muchacha de Claudia Sheinbaum y que los diputados de la mayoría son lo peorcito que ha llegado a Donceles, desde que era primero Asamblea de Representantes y después ALDF.

Tan es así que Morena llegó a coartar la participación ciudadana en las decisiones del gobierno, contrario a lo que mandata la Constitución Política local.

La reforma política sólo fortaleció el centralismo y debilitó las alcaldías, negándoles autonomía hacendaria a sus titulares para disponer acciones de recolección de basura, dotación de agua y manejo de la policía, por ejemplo.

Incluso debilitó a los alcaldes, porque les impuso una especie de cabildo, que sólo encareció la política, pues la mayoría resultaron “centaveros”.

Desde su concepción, los mismos senadores dijeron que la reforma era un bodrio, un Frankenstein, pero que era un acuerdo político que tenían que cumplir. Curioso que las dos reformas las hicieran Zedillo y Enrique Peña, los dos últimos presidentes priistas.

Al final, la reforma política resultó —efectivamente— un bodrio. Lo que se necesitaba —y ahora urge— es una reforma administrativa que dé herramientas a los alcaldes para cumplir a sus gobernados.

A ver quién se atreve a proponerla.

CENTAVITOS

El diputado Víctor Hugo Lobo, coordinador del PRD en el Congreso local, exigió que en las sesiones virtuales recién aprobadas se dé prioridad a las iniciativas relacionadas con la atención a la pandemia por el covid-19, como el empleo, la salud y la recuperación económica, temas que, por cierto, no vienen en la agenda de Morena. Lobo pide no perder de vista los asuntos prioritarios para los capitalinos, y no querer legislar “una realidad distinta” a la que vive la ciudad. Adaptarse a la nueva realidad, pues, que es la que pide el propio gobierno.