De otro modo sanar

0
132

Carlos Díaz

Estos meses de encierro sin cadenas me hacen pensar mucho en los enfermos mentales, que de una u otra forma somos todos, yo al menos, y cuantos pacientes acudían a mi consulta. Aunque las peluquerías vuelvan a abrir para restaurar la belleza perdida, los psicólogos todavía no han comenzado, pero trabajo lo tendrán, y mucho, pues quienes viven sobre una delgada arista emocional experimentarán caídas o recaídas en sus trastornos, y las ganas de abrazar y ser abrazados irán en ellos entreveradas con las ganas de odiar y de destruir, y su sufrimiento será el nuestro. Solemos dar por natural el cáncer de estómago o la cojera, pero no la enfermedad de mente, (al demente) y, además, ignoramos las correlaciones entre las psicopatías personales y las sociedades.

La esquizofrenia (en griego escisión)madre de todas las enfermedades mentales, es una anomalía en los procesos cognitivos con una pobre respuesta emocional. Sus síntomas suelen ser lenguajes y pensamientos desorganizados, delirios, alucinaciones (‘voces’), trastornos afectivos y conductas inadecuadas por temor al rechazo.

La paranoia se caracteriza por una distorsión del pensamiento, que se siente “perseguido”.

El trastorno antisocial de la personalidad se traduce en robos, agresividad, violencia, mentiras, junto a timidez, depresión, ansiedad social, tendencia a la soledad.

El trastorno obsesivo compulsivo (TOC, toc, toc, ¿está usted ahí?) es una reacción ante situaciones de estrés e incertidumbre asociada a temor, náusea, fatiga, tensión muscular, problemas de concentración, dormición, angustia y estrés continuado: miedo a contaminarse y lavatorios o limpiezas incesantes, comprobaciones compulsivas (¿habré apagado el gas?), temor a dañar a alguien o/y a sí mismo, a conculcar las propias creencias, recuentos rituales repetitivos como abrir las puertas un número determinado de veces antes de entrar en la habitación, aversiones a cifras determinadas, juegos neuróticos para reducir la ansiedad, etc.

Cuando todo esto se sufre continuadamente tenemos un trastorno de ansiedad generalizada, crónica, donde siempre hay algo que temer: relaciones sociales y familiares, trabajo, escuela. Entre los trastornos de ansiedad el ataque de pánico aparece intensa y repentinamente con terrores asociados a sentimientos de muerte inminente cuyos síntomas son falta de aire, palpitaciones, dolor en el pecho. Igualmente, los trastornos fóbicos a las serpientes o las arañas, a volar en avión, a conducir un vehículo, a los ascensores, a la sangre, a las tormentas, incapacitan para tolerar ese miedo irracional que conlleva comportamientos de evitación. La fobia social, a no confundir con la timidez, entraña ansiedad y miedo a ser criticado o humillado incapacitando para presentarse en público, asistir a eventos sociales, conocer gente nueva. En concreto, la agorafobia es el miedo irracional a parques, espacios públicos de los cuales puede resultar difícil o vergonzoso escapar o recibir ayuda en caso de un ataque de ansiedad.

El trastorno por estrés postraumático es una experiencia psicológica incapacitante con pesadillas, sentimientos de ira, irritabilidad, fatiga emocional, desapego hacia los demás. Al revivir el hecho traumático se intenta evitar las situaciones o actividades que recuerdan el evento asociado al trauma.

El mutismo selectivo, incapacita para hablar en determinados contextos, siendo relativamente frecuente en los niños que, al empezar su escolaridad, no pronuncian ni una palabra a pesar de hablar fluidamente en sus casas; lejos de ir desapareciendo paulatinamente, puede metamorfosearse en hábitos aislacionistas y en rarezas que se aproximan a la doble personalidad.

El trastorno de identidad disociativa (TID), o trastorno de personalidades múltiples, muestra comportamientos polivalentes en distintas situaciones. Las personas cambian sus comportamientos radicalmente y luego no recuerdan esos episodios, o tratan de conseguir atención a conductas tales como cortarse, quemarse, autolesionarse, o incluso quitarse la vida. Aunque no busquen directamente la muerte, sino el llamar la atención respecto de sus más profundas necesidades emocionales insatisfechas, sus consecuencias pueden ser graves.

En el síndrome de Estocolmo los capturados muestran algún sentimiento positivo hacia sus captores y engañadores. También se extiende a casos de abuso infantil, violación o maltrato no vividos angustiosamente, algo difícil de entender. Su opuesto es el síndrome de Lima, en el cual los secuestradores –sintiéndose benefactores– simpatizan con sus rehenes procurando su liberación a cuentagotas. Lo mismo producen las ONGs ‘solidarias gestionadas por corporaciones.

El trastorno bipolar se caracteriza por cambios exagerados en el estado de ánimo que, desde la manía hasta la gran depresión, van más allá de los cambios de humor propios de la inestabilidad emocional. Sus ciclos duran días, semanas o meses inhabilitando incluso para el trabajo, endeudando alocadamente, o euforizando a pesar de dormir solamente dos horas y deprimiendo sin salir de la cama. La ciclotimia es una versión menor de este trastorno.

El trastorno depresivo afecta psicosomáticamente con problemas de ingesta, sueño, malestar, fatiga, sentimientos de desaliento, frustración o desesperación. Estos sentimientos son normales ante una decepción y pueden durar varios días antes de desaparecer de manera gradual, pero si se cristalizan durante meses y años provocan problemas serios. La bulimia incluye pautas de alimentación anómalas con episodios de ingesta masiva seguidos por maniobras tendentes a eliminar esas calorías (inducirse el vómito, consumir laxantes). Luego, el sujeto se siente triste, malhumorado, se autocompasiona. En el trastorno por atracósiente que ha perdido el control y aparece la angustia severa por el aumento de peso.

El trastorno límite de la personalidad (TLP) o borderline lo sufren las personalidades débiles, tornadizas, dubitativas, que pasan al instante de la calma a la ira, ansiedad o desesperación. Aquí las relaciones amorosas se viven con la máxima intensidad, pues se idolatra a la otra persona. Sus síntomas son ira intensa e incapacidad de controlarla, esfuerzos frenéticos por evitar el abandono real o imaginario, alternancia entre extremos de idealización y devaluación en las relaciones, autoimagen inestable, y sentimientos crónicos de vacío.

Así, pues, atención al sufrimiento inevitable, puede mejorarse, e incluso convertirse en una gran fuerza espiritual. Acompañar en esa tarea exige a su vez personas instruidas, fuertes, amorosas, esperanzadas.

Filósofo español.