Los votantes errados

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Como ha sucedido desde hace año y medio, cada vez que escucho o leo de un votante arrepentido de López Obrador siento un gran deseo de abrazar un osito de peluche por la ternura que me provoca. En una actividad como la política, donde se requiere la duda constante, la inteligencia, una visión estrategia y sobre todo, una cabeza fría, no existen las sorpresas sino los sorprendidos.

¿Qué votaron de buena fe? Ese supuesto, como la voluntad, la bondad y la virtud no existen en la práctica pública, por más que todos digan tener semejantes atributos. ¿Estaban hartos? Cierto, el sistema colapsó en 2018 por su incapacidad para atender las demandas y reclamos en temas como la corrupción, la desigualdad o la seguridad, pero lo peor que se puede hace es reaccionar. ¿Estaban peor las otras opciones? Indiscutible: Meade y Anaya eran candidatos mediocres – y una vez más: las credenciales académicas nunca han sido sinónimo de habilidad política. Sin embargo, se podía haber dividido el voto en vez de darle todo el poder a una persona.

Por desgracia el votante harto de 2018 es un eslabón más de votantes errados quienes, al guiarse más por el pensamiento mágico en lugar de fomentar una visión estratégica, han atrasado por décadas todo avance democrático. Y si no comienzan desde hoy a responsabilizarse por entender la política, terminarán tomando decisiones todavía peores – y créanlo: siempre se puede estar peor.

Entonces, ¿existe una genealogía del votante errado? Cierto: en los años de hegemonía del PRI, donde no había opciones, votar por Cantinflas era una válvula de escape para la frustración colectiva. También se entiende que a partir de los años 80 del siglo pasado se creyese que llegaríamos a una democracia sólida votando por la oposición. 

Sin embargo, el problema de una democracia no está en las personas, sino en la forma que se diseñaron las instituciones, particularmente en temas como el empoderamiento de los ciudadanos, la rendición de cuentas y las sanciones a actos ilícitos. Lamentablemente ningún político hablará en serio de eso, pues le resta márgenes de discrecionalidad, por lo que siempre le interesará hablar de vaguedades como “voluntad” u “honestidad”.

Evadir esa discusión en serio llevó a una nueva generación de votantes errados, esta vez guiados primero por la idea de que, si el sistema de partidos estaba viciado, entonces se necesitaban nuevos institutos políticos. Al no suceder gran cosa, entonces enfocaron su energía a promover candidatos independientes y, como método para sacar la frustración, otros de ese grupo promovieron candidatos animales y la gran ilusión del voto nulo. Si ninguna de esas cosas iba a funcionar sin instrumentos de rendición de cuentas, como realmente sucedió, entonces apostaron todo por Morena.

Y aquí estamos. Con la diferencia que puede haber un cambio si nos concentramos: a partir de 2021 podrán competir para quedarse los diputados federales. En los estados ya se pudieron reelegir los legisladores locales y muchas autoridades municipales. Aprender las posibilidades de este poder del ciudadano podrá tomarnos tiempo, pero es la herramienta primordial para premiar o castigar a partir del desempeño.

Si los votantes errados desean que deje de sentir ternura por ellos, me encantaría escucharles algo en la línea de: “voté por una mala elección y soy responsable tanto de mi víscera como de los resultados de mis acciones. Por ello me comprometo a pensar más la política, particularmente en los votos que emitiré en 2021”.

¿Qué hacer? Pregúntese lo básico: ¿conoce a sus diputados federal, local y autoridades de su municipio o ayuntamiento? ¿Identifica a los diputados federales y locales plurinominales? ¿Sabe en qué comisiones están? ¿Sus agendas personales? ¿Les ha dado seguimiento desde que votó por ellos? Si al menos una de sus respuestas es “no”; tiene mucha tarea por delante.

@FernandoDworak