Sánchez, como Franco y Torquemada

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Joaquín Vila

Entre los sermones del presidente del Gobierno y sus ministros y el constante bombardeo de las televisiones y periódicos adictos al régimen, España ha vuelto a los tiempos de la Inquisición. El coronavirus ha sacado a los muchos agentes de Torquemada de las tinieblas. Nos vigilan en las calles, en las tiendas y hasta en las azoteas en busca de los peligrosos conversos que incumplen los mandamientos de este estado de alarma, más conocido como estado de excepción. Empiezan a sobrar los agentes de Policía. Un ejército de fanáticos se ocupa de acosar e insultar a quienes se saltan las sagradas normas impuestas por el Gobierno.

Este domingo, a media mañana, una pareja de octogenarios paseaba por una calle de Madrid, sin duda, fuera del horario estipulado por la Gestapo sanitaria. Quizá fuera al supermercado, a la farmacia, al estanco o a estirar las piernas. Caminaban del brazo, charlando y sonriendo al calor del sol. De pronto, apareció una mujer grandota y se plantó frente a ellos. Acalorada y enrojecida por la ira y la histeria, comenzó a gritarles por ir tan juntos, por salir a la calle a horas prohibidas para su edad, incumpliendo gravísimamente las leyes de la llamada desescalada. Les amenazó con denunciarles a “la autoridad” (tal cual) por tamaña felonía. Seguramente, también le irritaba que sonrieran en estos momentos que solo está permitido ladrar. Enseguida se acercó un grupo de ciudadanos a defender a la pareja y a recriminar a la chiflada por su desmesurada reacción. Y la gritona se fue mascullando que “así va España”. Y así va.

Por desgracia, esta escena se repite a diario, a todas horas y en todos los rincones. Renacen de sus cenizas los ultraortodoxos, lo defensores de la ley, los inquisidores que quieren tomarse la justicia por su mano. Es el nuevo fanatismo inoculado a raudales por los defensores de los políticamente correcto, los partidarios del estridente estado de alarma, los que no paran de dar lecciones de civismo, de gesticular como tontos lavándose las manos, de señalar los dos metros de distancia (¿o uno y medio?) que hay que mantener. Como si fuéramos idiotas que necesitamos sus insoportables y reiterados consejos. Como si fuéramos a escupir o a dejar que nos escupan a la cara. Como si fuéramos toqueteándolo todo cual suicidas. Como si fuéramos incapaces de tomar las precauciones necesarias para evitar los contagios.

Hay incontables ejemplos de que el fanatismo se contagia más que el virus. Hace unos días, un presentador se escandalizaba al ver las imágenes de un hombre encorvado por los años y la soledad, un verdadero ermitaño del siglo XXI, al ser detenido por una pareja de la Guardia Civil por acampar en medio de los Picos de Europa. Esto es, en su casa, aunque no pague el IBI. Seguro que el hombre ni sabía del coronavirus. Pero seguro que ya conocía a los agentes.

Más pruebas. Un conocido inquisidor televisivo se enfurecía al ver la imagen de una pareja besándose en medio de la calle, sin saber si los jóvenes amantes conviven o no. Porque conviene aclarar, que en los mandamientos socialistas de la pandemia está permitido que uno bese a una mujer (o a un hombre) que vive bajo su techo. Pero como no sea así; en el hipotético y pecaminoso caso de que alguien sea descubierto abrazado a un desconocido (o desconocida) se arriesga a ser sancionado con una multa. Y si es reincidente, que ya se sabe que abundan los besucones, puede terminar con los huesos en una mazmorra diseñada por Marlaska. ¡Quién le iba a decir a este Gobierno progresista que terminaría siendo el guardián de la moral y las buenas costumbres! De la ortodoxia católica. El primer Ejecutivo que, después de Franco, condena el adulterio con multas y hasta detenciones. Pedro Sánchez no solo ha exhumado al dictador enterrado en el Valle de los Caídos. Ha resucitado al mismísimo Torquemada.

Director de EL IMPARCIAL de España.