En tiempos de la 4T: Restaurar la 3T populista

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A partir de la certeza de que es desgastante intentar un debate teórico, histórico y estructural de la 4T con sectores dominados por la pasión política, lo que queda es pasar la auto denominada 4T por los filtros del análisis del poder.

De acuerdo con el Plan Nacional de Desarrollo de AMLO –no el PND de Hacienda que oficialmente no existe porque no fue promulgado en el Diario Oficial de la Federación–, la propuesta posneoliberal del nuevo grupo gobernante es la de construir un Estado social.

No se trata de uno nuevo basado en la nueva dinámica de la configuración de la sociedad, de la desafiante correlación de fuerzas productivas y de las limitaciones presupuestales de los gobiernos, sino el Estado social de la 3-T, la limitada en el tiempo político que va de la ruptura revolucionaria de 1910-1917 al final del gobierno de Peña Nieto en 2018; y dentro de este periodo, en dos fases históricas: el Estado populista 1917-1982 y el Estado neoliberal 1983-2018.

El Estado neoliberal fue construido por Salinas de Gortari en el ciclo de planeación 1980-1994 y definido en 1985, a partir de las reformas neoliberales de Miguel de la Madrid de enero de 1983 y las que llegarían en el sexenio salinista, como Estado autónomo; es decir, basado en sus lecturas de Theda Scokpol, un Estado ajeno a los compromisos con clases sociales no propietarias. Al salirse de la representación social popular, el Estado revolucionario quedó en el Estado mercado.

Ahora López Obrador regresa al Estado social; no se trata, cuando menos con los documentos y discursos conocidos hasta ahora, de un nuevo Estado, porque no ha siquiera definido la nueva correlación de fuerzas sociales ni existen aparatos de organización respectivos, sino de un Estado mixto: mantiene las restricciones macroeconómicas del Estado neoliberal, pero reasigna el presupuesto federal para atender necesidades sociales de determinados sectores sociales que no son clases sociales sino estamentos, que carecen de potencialidad productiva y que sólo ofrecen base electoral circunstancial.

En este sentido, el Estado mixto no resuelve las contradicciones productivas entre las clases ni promueve nueva reclasificación social dentro del modo de producción. En consecuencia, funcionará como una especie de Estado solidario salinista porque las decisiones en estos siete meses no han modificado la estructura de la desigualdad social en sus puntos clave: salarios, redistribución de la riqueza y utilidades empresariales.

La estructura de la desigualdad e injustica social se puede resumir en una sola cifra refrendada por recientes cifras oficiales: 80% de los mexicanos viven con una a cinco restricciones sociales y el 20% restante vive sin restricciones sociales. Lo ideal sería, siguiendo al modelo que se desprende de los estudios de Vilfredo Pareto, al revés: 80% bienestar y sólo 20% de pobreza o marginación.

Los candados neoliberales en la política económica siguen vigentes, a pesar de las críticas al FMI: la estabilidad macroeconómica o control de la inflación como ancla fundamental, sacrificando PIB, gasto social real y salarios como demanda efectiva. Lo veremos en los saldos del 2019: PIB de 0.3%-0.6% porque el PIB es el lastre antiinflacionario. Y si proyectamos el análisis de los primeros siete meses de gobierno, no se ve en el horizonte cuando menos de la primera mitad de gobierno un cambio de enfoque en la policía económica.

La fase populista 1934-1982 deslumbró con su promedio anual de 6%, pero decepcionó por sus saldos sociales y su nula distribución de la riqueza. Esta etapa populista funcionó bien en la etapa de populismo tecnocrático 1940-1970 por la estabilidad inflacionaria mundial, por el control social sobre los trabajadores y por el uso presupuestal en la creación de políticas sociales.

La fase populista social 1970-1982 sustentó el Estado social en gasto sin ingreso, con efecto inflacionario y devaluatoria y la pesadilla del PIB como factor de control inflacionario. El neoliberalismo 1983-2018 trató de mantener un tibio Estado solidario –de solidaridad y no de justicia social–, pero entendió que sólo el PIB bajo de promedio anual 2.2% en ese periodo podía mantener la estabilidad macro.

El Estado de la 4T asume los candados del neoliberalismo: déficit presupuetsal menor a 2%, control salarial y tasa inflacionaria techo de 3%. El efecto se verá en una tasa promedio anual del sexenio 2019-2024 de 2%-2.5%.

En este contexto, la 4T es la restauración de la 3T populista, pero con instrumentos de la 3T neoliberal.

El corte de caja tras más de un año de gobierno debería llevar a una reflexión de fondo: el Estado neoliberal salinista ya no sirve, pero el nuevo Estado social requiere de nuevo pensamiento económico, de nuevos instrumentos estabilizadores fiscales y de un horizonte reformador y no sólo electoral 2024.

indicadorpolitico.mx

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@carlosramirezh