María Magdalena: Difamada, reivindicada y precursora de la liberación masculina

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María Elena Ruiz Cruz

María Magdalena ha sido una mujer que, a lo largo de la historia, representa lo que muchas mujeres han padecido.

De familia acomodada, con propiedades en Magdala, a orillas del lago de Galilea, la Biblia dice que de ella Jesús sacó siete demonios, luego de lo cual se convirtió en su seguidora, junto con otras mujeres, las que apoyaron la causa con sus recursos económicos, que eran propios. También sabemos que observó la crucifixión, que estuvo al pie de la cruz, que apoyó durante el traslado de Jesús a su tumba, que lloró ahí. Marcos registró que el tercer día, cuando Magdalena y dos mujeres más fueron a ungir el cuerpo de Jesús, “un joven” sentado dentro del sepulcro les dijo que Jesús había resucitado y que fueran a decir a Pedro y demás discípulos que lo verían en Galilea. Temblaron de miedo, por lo cual decidieron no decir nada. Lo más importante de todo, es que se asienta que fue ella la primera (Marcos 16, 9) testigo de la resurrección de Jesús y que fue ella la primera en llevar el mensaje de que estaba vivo y que lo había visto. Juan (20) narra que María Magdalena, luego de ver que el cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro, corrió a avisarle a Juan y a Pedro, quienes fueron también corriendo a verificar el hecho: ambos, a su turno, vieron las vendas en el suelo y el sudario que había cubierto su cabeza enrollado en otro lugar. Ellos regresaron a su casa y María Magdalena se quedó afuera del sepulcro, llorando; luego se asomó y vio a dos ángeles que le preguntaron por qué lloraba: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Al darse vuelta, vio a un hombre —pensó que era el hortelano—, a quien preguntó si él se lo había llevado, dónde lo había puesto, para ir a buscarlo. Entonces, cuando el hombre la llamó por su nombre, ella lo reconoció: “¡Maestro!”. Jesús le dijo que no lo “retuviera” y que fuera a decir a sus hermanos que iba a subir al Padre. Ella fue a anunciar a los discípulos la buena nueva, que había visto al Señor, y les repitió las palabras que dijo. Obviamente, no le creyeron (Marcos). Sobre el “retuviera”: en el Nuevo Testamento Trilingue (2005) el texto griego literalmente dice “no me toques”, que traduce como “Iam noli me tangere” y como “suéltame”; el Codex Amiatinus (el más antiguo manuscrito de la Vulgata Latina: c. 688-713) y la Biblia Pagnino (1528) lo traducen como “noli me tangere”; la Biblia Vaticana traduce como “no me retengas”. Adelante vuelvo a este último punto.

 

Difamación: ¿involuntaria?

Difamar, según el diccionario RAE, significa “desacreditar a alguien, de palabra o por escrito, publicando algo contra su buena opinión y fama”.

María Magdalena fue difamada por siglos, no obstante que, por gracia y por derecho, es santa: fue la primera testigo de la resurrección y fue la primera apóstol (enviada) en dar la noticia de la resurrección, fundamento de la fe cristiana. 

Durante 1500 años, la Biblia no estuvo dividida en versículos; el texto se leía casi de corrido, salvo por la numeración de capítulos, que no siempre era puesta en el mismo lugar. Era difícil comprender dónde comenzaba un pasaje y dónde terminaba, lo que llevó a errores de lectura e interpretación que, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II, se han ido subsanando. Estos errores hicieron que María Magdalena fuera tildada de pecadora y de penitente, a no ser que haya sido de forma voluntaria. 

Pecadora y penitente (es decir, arrepentida), porque se creyó que María Magdalena era la “la mujer pecadora” que lavó los pies de Jesús con sus lágrimas, los secó con sus cabellos, los cubrió de besos y los perfumó, criticada por el fariseo que había invitado a comer a Jesús, quien en respuesta al juicio que hizo el anfitrión sobre la mujer, le dijo que “sus numerosos pecados” le fueron perdonados porque demostró “mucho amor”, algo que él no había hecho (Lucas 7). Pecadora, porque se creyó que la mujer derrochadora —no se dice que fuera pecadora o arrepentida o que llorara— que vertió un caro perfume, de nardo puro y envasado en frasco de alabastro, sobre la cabeza de Jesús, fue María Magdalena, lo que sucedió mientras comía en casa del leproso Simón (los comentarios de “algunos” sobre tal derroche hablan de su codicia) (Marcos 14 y Mateo 26). Pecadora, porque se dice que María, la hermana de Marta y Lázaro, es la misma mujer que había ungido los pies de Jesús con perfume y los había secado con sus cabellos (Juan 11; no anotó que llorara), no obstante que esta misma María, en una cena, en la que Lázaro era comensal, ungió los pies de Jesús con “una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio” y los secó con sus cabellos (tampoco se dice que llorara), perfume que Judas Iscariote hubiera preferido vender, para quedarse con algo del dinero, no precisamente para ayudar a los pobres (Juan 12). Los dos últimos pasajes muestran que María, la hermana de Marta y Lázaro, varias veces ungió con perfume los pies de Jesús —gran amigo de esta familia de Betania—, secándolos con sus cabellos, pasajes que llevaron a especular que esta María era la misma pecadora que lloró (se supone que de arrepentimiento) al hacer lo propio, Marías (María, del arameo, significa “señora”) que fueron asimiladas a María de Magdala porque de ésta habían salido siete demonios. 

Esta “confusión” la utilizó, por error o de forma deliberada, el Papa Gregorio Magno (c.540-604), quien al menos en dos homilías promovió la mala imagen de María Magdalena. Afirma que fue pecadora de la ciudad (pecadora pública, es decir, prostituta), quien con sus lágrimas lavó las manchas de sus “delitos”, y que la pecadora de Lucas, que Juan llama María, es la misma a quien le sacaron siete demonios. Era necesario fortalecer una institución con y de varones.

Beda el Venerable (c.672-735) retomó la interpretación anterior: Magdalena era la misma mujer, la pecadora, hermana de Marta y Lázaro. Repite el error: “Es la misma, y no otra”, que la pecadora que regó lágrimas de penitencia en los pies de Jesús, a quien se le perdonó mucho por haber amado mucho. Expone que Lázaro era de Betania, “de Castello Mariæ et Marthæ”, cerca de Jerusalén. En su Martirologio registró como fecha de la muerte de Magdalena el “XI Cal. August”, es decir, el 22 de julio. 

Pero hubo un hombre que sí comprendió la importancia de María Magdalena en la Biblia: Rabano Mauro (c.776-856), a quien llama “beatísima”. Según él, los tres hermanos, María Magdalena, Lázaro y Martha, vivían en la ciudad fortificada (castellum), en lo alto (se entiende que de una colina) de Betania, “castellum” que, posteriormente, algunos autores tradujeron como “castillo”. A Magdalena la describe bellísima, de hermoso cuerpo, de “extremidades elegantes”, “maravilloso cabello”, trabajadora, brillante, con encanto, graciosa, dulce, belleza y gracia a la que fue “sometida desde adolescente”. Afirma que es propietaria de la Torre de Magdala, de ahí su sobrenombre. La confunde con la pecadora que vierte sus lágrimas en los pies de Jesús, que seca con sus cabellos, que perfuma. Su obra asienta que Magdalena terminó viviendo en Marsella, que en la región predicó, evangelizó, hizo milagros y murió el “undecimo Kalendas Augusti” o 22 de julio. Resalta que, a pesar de que la califica de “beata pecadora y ardientísima amante de Cristo”, reconoce y reitera el papel fundamental de María Magdalena: “Apóstol de Cristo enviada/destinada a los apóstoles”, “especial amiga de Dios”, “apóstol del Salvador”, “enviada como apóstol a los apóstoles instituidos”, “coapóstol evangelizadora de la resurrección del Mesías”, “no sólo fue la primera en ver al resucitado, sino el primer apóstol en testificar el evangelio”. 

Tomás de Aquino (1224/1225-1274) también reconoció que, por haber sido la primera testigo de la resurrección y por haber sido enviada a dar la noticia a los discípulos, María Magdalena es “apostolorum apostola”, la apóstol de los apóstoles. Pero este reconocimiento se quedó guardado en el ámbito académico, a pesar de la influencia intelectual y teológica de Aquino. 

En la Italia medieval la vida de María Magdalena aparece en la Leyenda Áurea de Jacobo de la Vorágine (1230-1298), obra popular en aquella época: de nuevo, es calificada de pecadora. Además de oriunda del “castillo” de “Madalo”, que heredó junto con sus hermanos Marta y Lázaro, era de linaje de reyes. “E la Madalena, siguiendo todo deleite de su cuerpo (…), aviendo mucho vicio e la voluntad, siguia el cumplimiento de las cosas, e quanto era más rica e mas fermosa, tanto más se dio al deleite del cuerpo, en manera que perdió el nombre propio, quel dizién Maria Madalena, e llamávanla ‘la Pecatriz’”; a ella Jesús le sacó siete “diablos que la traían engañada e embebida en aquel pecado”, a quien el fariseo llamaba “suzia”, a quien su hermana Marta llamaba “vagarosa”, a quien Judas Iscariote llamaba “gastadera”; es ella quien “primeramente comenςó a fazer penitencia muy nombrada” (no se especifica qué tipos de mortificaciones hacía); es a ella a quien Jesucristo se le apareció en primer lugar. Y afirma: “Esta fue predicadora con los apóstoles después que Jhesu Christo subió a los cielos”. 

Esta leyenda fue retomada por autores de diversas Vidas de Santos, quienes agregaron anécdotas a su vida. Y si bien varias Vidas registran que fue la primera en ver a Jesús resucitado, que fue la primera enviada (apóstol) a dar la súper noticia de la resurrección a los demás apóstoles, la mala fama de Magdalena ha perdurado durante siglos; hasta la fecha, continúa siendo difamada, pues se le apoda “la prostituta”. Incluso hay quien la confunde con la mujer adúltera que no fue lapidada gracias a la intervención de Jesús, lo que es dudoso ya que no se sabe que María Magdalena fuera casada. 

La Iglesia Católica la festeja el 22 de julio, oficialmente desde las bulas del 14 de julio de 1295 del Papa Bonifacio VIII, fecha en que la tradición local, registrada en Actas del siglo V, informó que es el día en que María Magdalena falleció, fecha en que también se recuerda el traslado de sus reliquias a la iglesia de San Maximino, en Francia (a pocos kilómetros de Marsella), donde pueden verse, y cerca puede visitarse la cueva de la Sainte-Baume, donde ella vivió por treinta años. Los ortodoxos la festejan el 4 de agosto. 

 

Reconocimiento del error 

El Calendario Romano de 1969, promovido por Paulo VI, ratificó que el 22 de julio es “memoria” de Santa María Magdalena, cuyo culto, afirma, no se divulgó en Occidente sino a partir del siglo XII. Subraya que “en la liturgia romana instaurada no se tiene memoria de que María de Betania ni las mujeres pecadoras de las que trata Lc 7, 36-50, sean María Magdalena, a quien Cristo, después de su resurrección, se apareció primero”, por lo que se dispone que se reconozca este hecho. Hago una observación: en Lucas 7 sólo se habla de una mujer pecadora, la que ya mencioné. 

En la carta apostólica Mulieris dignitatem (1988), Juan Pablo II reconoce que María Magdalena fue la primera en dar testimonio de la resurrección a los apóstoles, por lo que ha sido llamada “la apóstol de los apóstoles”.

Finalmente, fue hasta 2016 que, por Decreto vaticano, se reconoció a María Magdalena como “la primera testigo y evangelista de la resurrección del Señor”. En consecuencia, este Decreto modificó el Calendario Romano General para que su celebración subiera de grado: de memoria pasó a fiesta, y continuará siendo el 22 de julio. Apostolorum apostola, el anuncio oficial del Decreto, reconoce el error de interpretación que hizo que María Magdalena fuera difamada por siglos: “la tradición eclesial en Occidente, sobre todo después de san Gregorio Magno, identifica en la misma persona a María de Magdala, [a] la mujer que derramó el perfume en casa de Simón, el fariseo, y [a] la hermana de Lázaro y Marta. Esta interpretación continuó e influyó en los autores eclesiásticos occidentales, en el arte cristiano y en los textos litúrgicos relativos a la Santa. (…) Lo que es cierto es que María Magdalena formó parte del grupo de discípulas de Jesús, que le acompañó a los pies de la cruz y que, en el jardín donde se encontraba el sepulcro”, fue “la primera testigo” de Jesús resucitado. Este segundo documento reitera que fue “la primera en dar testimonio de él ante los apóstoles”, en cumplimiento del mandato que Jesús le dio: “Anda, ve a mis hermanos y diles…”, lo que ella hizo, convirtiéndola en “evangelista, es decir, en mensajera que anuncia la buena noticia de la resurrección del Señor”, en “apostolorum apostola”, la apóstol de los apóstoles, porque les anuncia “lo que a su vez anunciarán ellos por todo el mundo”. 

 

Magdalena: paradoja de liberación

El “no me toques” nos muestra a una mujer que quiso abrazar a Jesús resucitado o besarle los pies. Por la sorpresa de María Magdalena cuando lo reconoció —“¡Raboní!”, “¡Maestro!”— y con la respuesta de éste —“no me toques”—, imagino que ella iba a lanzarse sobre él, lo que me lleva a pensar que era una mujer de temperamento apasionado. 

Tal temperamento, y sus decisiones posteriores, no concuerdan con lo que en aquella época se entendía por demonios, es decir, enfermedades como epilepsia, depresión, esquizofrenia, etcétera. Tampoco la puedo imaginar dominada por los siete demonios que, con posterioridad, algunos identificaron con los siete pecados capitales: es difícil pensar que María Magdalena era lujuriosa, iracunda, soberbia, envidiosa, avariciosa, perezosa y glotona. Lo que se sabe de ella es opuesto a actitudes egoístas. 

Pienso que los “demonios” que “la” agobiaban eran sus respuestas al patriarcado y al androcentrismo que la rodeaban, actitudes que la ponían en entredicho con sus familiares, vecinos, paisanos, de quienes pudo liberarse gracias a que encontró a alguien que la comprendiera, aceptara y empoderara. Ese hombre, Jesús, su amigo, delimitó en ella lo que para otros eran siete actitudes no aceptadas en una mujer, “siete espíritus” que alguno de los autores citados calificó de “malignos”. 

Si se considera que el siete es el número de la plenitud, María Magdalena tenía cualidades, dones, la disposición a actitudes positivas, que luego desarrolló con libertad y dignidad: independencia —actitud de no sumisión que, en esos tiempos (y en algunos ámbitos, hasta hoy), era llamada rebeldía, basada en su fortaleza—, libertad para relacionarse con Jesús —temor de Dios—, disposición para adquirir conocimiento o ciencia —ejerció su libertad para estudiar—, autosuficiencia económica —que le permitió ser generosa sin ser criticada, en actos de piedad—, liderazgo activo —en consecuencia, mujer de mentalidad abierta, de decisiones acertadas, que sabía escuchar, que se preparó para dar buenos consejos—, inteligencia o entendimiento —basados en su disposición a la sabiduría, pues sabía discernir—. Estas cualidades se perfeccionaron con todo lo que aprendió de Jesús, atributos que en una mujer no eran valorados por la cultura religiosa judía, patriarcal y androcéntrica, con milenios de tradición. 

En Jesús encontró al amigo que no la juzgó, que incluso la apoyó a ser ella misma. En este sentido, tan fue liberada, que dejó familia y sociedad, la próspera localidad pesquera en que vivía, la posibilidad de contraer matrimonio con quien su familia hubiera elegido, alguien acaudalado, o porque no quiso casarse, o porque era viuda. No importa. Lo significativo es que dejó familia y sociedad porque era una mujer libre, decidida, tanto como para andar viajando como discípula con el grupo de Jesús, aprendiendo de él y así ayudar a otras personas.  

 

Autoridad y poder

El ser mujer inteligente, de decisiones firmes, activa, acaudalada, le daba autoridad, que pudo ser mayor si se toma en cuenta que se dice que era propietaria, señora, por herencia, de la fortaleza de Magdala, autoridad que no gustaba. Además, el hecho de que sus compañeros no le creyeran cuando les avisó que Jesús había resucitado, muestra que los varones no podían aceptar el testimonio de una mujer, aunque fuera rica, disminuyéndola como persona, intento de negarle autoridad que no funcionó. 

Asimismo, María Magdalena fue disminuida por la sociedad patriarcal de entonces, que no podía aceptar que una mujer adquiriera poder. Pero ella tuvo otro poder, el poder de decidir por sí misma. Su solvencia económica reforzó su decisión de liberarse y unirse al equipo de quienes al amar, no juzgan, no condenan, no discriminan, lo que costó trabajo a algunos discípulos. Y el haber puesto sus bienes al servicio de la causa, desencadenaría en los varones molestia, enojo, envidia, celos, ya que el ser solvente le habría dado un poder “especial” dentro del grupo, un lugar “especial” porque fue tratada como igual a ellos, al grado de haber sido antepuesta por Jesús como la apóstol (la enviada), de los apóstoles (de los enviados). 

 

De la liberación de María Magdalena a la liberación masculina

Con lo que aprendió, María Magdalena logró liberarse del malestar, de los sentimientos de culpabilidad que le habrían provocado sus deseos e inquietudes para atreverse a dejar atrás la represión que ejercían sobre ella; liberarse del enojo que produce en una mujer el saberse víctima de las injusticias de los demás y no tener la fuerza para, si no denunciarlas, sí alejarse de los ambientes dañinos, separándose de los agresores; liberarse de la inconformidad con uno mismo y luchar para ser lo que uno quiere. 

Jesús la liberó y ella se convirtió en su seguidora, lo que muy probablemente causó escándalo. Aquello que le daba mala reputación —según mi perspectiva, que continúo revisando— se convirtió en ventaja: se integró en una comunidad pensante, con un tutor que abría la conciencia a sus discípulos, con quienes andaba feliz de arriba para abajo por todo el territorio de Galilea, Israel y Judea, con el amigo que la distinguió de entre todos los demás.

María Magdalena representa la igualdad de la mujer con el varón, lo que conquistó con la colaboración de un hombre; y aunque tarde, fue reconocida por su equipo. Ahora es necesario que todos dejemos de difamarla.

En el presente, los varones necesitan abandonar sus ideas patriarcales, desatarse de sus odios, complejos y prejuicios, redimirse de su machismo, para que también ellos puedan ser libres, lo que requerirá de la cooperación de las mujeres. Necesitan aceptar que, aunque aún tengan poder derivado de desigualdades legales y económicas, han perdido mucha autoridad por sus actitudes sexistas. Llegó la hora de que comience su liberación.