Despropósito

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La visita que hizo el presidente López Obrador a la madre de Joaquín Guzmán Loera, no puede ser vista con simpleza. Si bien es cierto que la señora Loera no es responsable de los actos de los demás, pero este hecho tiene graves repercusiones para el presidente.

El hecho que haya saludado a una persona adulta mayor, como lo señaló el propio jefe del Ejecutivo, no lo exime de la responsabilidad de haber consentido que sus subalternos negociaran su acceso, el de sus escoltas y sus acompañantes hasta las entrañas del cartel de Sinaloa para llegar a saludar a la señora y tomarse el tiempo necesario para compartir el pan y la sal, en un insulto a los soldados, marinos y policías en quienes su Comandante Supremo ha instruido a combatir a la delincuencia, por cierto, en el día del cumpleaños de Ovidio Guzmán, liberado por las fuerzas de seguridad en octubre pasado. Un terrible mensaje que abrirá un frente con Washington y con el CJNG.

El desatino del presidente con ese gesto de cortesía es, que anteriormente se negó a recibir a los padres de los niños con cáncer, a las mujeres cuando se manifestaron por la violencia de género y a los deudos de las víctimas de la violencia, a estos últimos a quienes señaló que se desgastaría la investidura presidencial. Como si incursionar en terrenos del narcotráfico y saludar y convivir con personajes representativos dejara impoluta esa investidura.

El video denota que el cartel de Sinaloa todavía tiene poder económico suficiente, para adquirir vehículos y contratar personal para custodiar el grupo. Capacidad que la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) anunció al día siguiente haber confiscado algunas cuentas dicho cartel.

En el contexto de la crisis sanitaria por la pandemia del #covid19, el Ejecutivo Federal parece que no quiere someterse a las instrucciones de sus subordinados y dejar de hacer actos de concentración social, que lo ponen en riesgo a él y a la ciudadanía. Tampoco sujetarse a los controles, como la medición de temperatura en aeropuertos.

Ahora bien y por tratarse de un asunto de Estado y de seguridad nacional, el anuncio para proclamar emergencia sanitaria debió haberlo hecho el presidente de la República. No el canciller, no la secretaria de Gobernación.

El presidente de la República parece que no quiere asumir el mando de la conducción de la emergencia sanitaria. Si bien es cierto que es un tema de especialistas, los anuncios de impacto son solo de su incumbencia. La prensa internacional cuestiona el desempeño y liderazgo del Ejecutivo Federal mexicano, por su impericia y gestos socarrones y hasta burlones, como el “detente enemigo”.

Además, cuando sus colaboradores proclamaron la emergencia nacional hasta el 30 de abril, no señalaron medidas de apoyo a las micro, pequeñas y grandes empresas con el objeto de evitar despidos por falta de ingresos. Pero en contraste y además de continuar pagando impuestos, las empresas deben seguir pagando sueldos por este tiempo. No hubo una prórroga o facilidades en el pago de impuestos, a pesar de que el propio Ejecutivo anunció que existen 400 mil millones de pesos disponibles para proyectos que solo él valora, como el tren Maya, la refinería de Dos Bocas o el aeropuerto en Santa Lucía.

Por otra parte, el Ejecutivo Federal debería convocar a los partidos políticos para llamarlos a la unidad y a la mesura en redes sociales, pero él también debe moderar el tono y narrativa de su discurso, así como ejercer su autoridad para que sus funcionarios y sus leales seguidores en redes sociales se abstengan de comentarios provocadores e insultantes.

Parece que nuestro país está alejado de tener un liderazgo o un mando, para superar la crisis sanitaria y económica.

El autor es Maestro en Seguridad Nacional por la Armada de México

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