Humanidad confinada: recetas, soberbia y muertos por selección

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María Elena Ruiz Cruz

Confinamiento y angustias

La psiquiatra Christine Barois, experta en estrés, ansiedad y depresión, en un chat organizado por Le Monde (23 marzo 2020) respondió a preguntas de varias personas sobre las angustias relacionadas con el confinamiento (traduzco). Dado que “Nadie sabe cuándo o cómo terminará” el encierro por el Covid-19, dado que esto provoca incertidumbre, ella invita a ver “esta inquietud como una preocupación sana y normal”. Explica que las inquietudes previas al confinamiento “pueden traducirse en fatiga”, que “quizás está ligada al estrés del confinamiento”. Agrega que la ansiedad causa “una sensación de pérdida de control”, porque “la ansiedad es la anticipación negativa de algo, que probablemente no sucederá, o bien la intolerancia a la incertidumbre”. Para recuperar el control sugiere “organizar un ritual cotidiano: levantarse a una hora fija, establecer horarios para lavar, limpiar, trabajar, etc.; hacer deportes en línea, como yoga u otras actividades que pueden hacerse en casa. También hay que tratar de mantenerse en contacto con los seres queridos, lo que nos permiten las herramientas tecnológicas de hoy”. Para bajar la ansiedad, para relajarnos, recomienda la meditación, la “coherencia cardíaca”, técnicas de respiración para lograr “un estado en el que la frecuencia del latido es regular y presenta una alternancia armoniosa” (www.elpradopsicologos.es). Para las personas más ansiosas, como los abuelos, recomienda mantenerlas “alejadas de fuentes de información no verificadas. Se les debe sugerir que lean, escuchen música, hagan una actividad manual”. Para evitar miedos, trastornos alimenticios, ansiedades, aconseja “volver al presente” mediante “ejercicios de atención plena”, porque “nuestra mente está tan hecha, que la voluntad y el razonamiento no están disponibles si estamos ansiosos. Estar en el presente nos permite preguntarnos si tengo hambre o si quiero comer”. A la pregunta de un chateador sobre si debe estar preocupado porque el confinamiento le afecta poco y vive el encierro “con gran desapego”, responde que, sobre todo, no debe preocuparse: “Quizás usted forma parte de las personas que son autónomas intelectual y afectivamente. ¡Bravo! Apoye a sus próximos [compartiendo] sus recetas”.

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Recetas para el cuerpo

Hay personas que están confinadas desde hace meses o años por diversas razones y de formas diferentes. Unos lo decidieron por voluntad propia. A otros, los confinaron por decisión derivada de la ley. Aquí tenemos a los encarcelados y, ahora, a la mayoría de la población mundial ante la pandemia del Covid-19.

Mucho podemos aprender de la tradición de quienes vivieron confinados, de aquellos que descubrieron que hay un encierro positivo, creativo, un duro desierto que puede ser fructífero. 

Reglas básicas aplicables a todo confinado, que hay que respetar, son las relativas a la sanidad, más cuando hay epidemias o pandemias. Es nuestra responsabilidad mantener normas de higiene personal y de vida en comunidad: lavarse los dientes, bañarse, tender la cama, barrer y limpiar las habitaciones, lavar la ropa personal, tener limpios y ordenados los armarios, escritorios, mesas, sillas, desinfectar áreas comunes como baños y cocinas, además de guardar la comida en botes cerrados, entre otras. 

En las prisiones, las reglas de confinamiento son rigurosas. De ellas destaco que, a la hora indicada, las celdas son cerradas bajo llave. Esto es el equivalente a los toques de queda que se han decretado en varias ciudades del mundo para obligar a la ciudadanía a obedecer las reglas del casi total confinamiento, con lo que se busca administrar la pandemia por Covid-19. Al igual que en prisiones y conventos, en la vida civil, si se desobedecen los toques de queda y las medidas dictadas, hay sanciones y/o castigos. 

En la clausura conventual, el confinado ha aceptado las reglas, que lo protegen de distracciones del mundo y le permiten dedicarse a Dios. Si es de estricta observancia, difícilmente el coronavirus ingresará en las casas de religiosos, algunas de las cuales tienen jardines y fuentes o tan sólo un pequeño patio. De cualquier forma, en su voluntaria reclusión están respetando las medidas anti coronavirus. 

En esta crisis por Covid-19, en todo el mundo se conocen las medidas para no contagiarse. Los gestos de barrera son: sana distancia de no menos de un metro, de preferencia dos, no saludar de mano ni de beso ni con abrazo, cubrirse boca y nariz al toser o estornudar con la parte cercana al interior del codo o con un pañuelo desechable y después súper lavarse las manos, tocarse la cara previo lavado de manos, colocarse mascarillas que cubran boca y nariz si uno tiene síntomas o convive con una persona “que pueda haber contraído esta enfermedad” (según la OMS —“Preguntas y respuestas sobre la enfermedad por coronavirus (covid-19)”—, los portadores asintomáticos contagian la enfermedad, supuestamente en nivel bajo; de ahí que hay lugares donde sí se recomiendan las mascarillas para salir a la calle); otras disposiciones son: confinamiento casi total, no visitar a las personas mayores, no recibir invitados, desinfectar las superficies con agua y jabón o alcohol (en especial manijas de puertas, barandales, mesas, sillas y más), desinfectar paquetes de alimentos también cuando se pidan a domicilio, lavar los alimentos con agua y jabón, cocinar los alimentos crudos; si hay que utilizar transporte público, no tocar nada, ponerse mascarilla o pañoleta o bufanda o pañuelo o paliacate, mantener la mayor distancia de barrera; después de salir a la calle para lo estrictamente necesario, baño completo al regresar a casa y no volver a usar la ropa que uno traía puesta; lavarse las manos muchas veces al día y no escupir en la calle.

Mientras dura el confinamiento, hacer ejercicio en casa; bastan dos metros cuadrados para hacer una rutina efectiva, según la edad y condiciones personales. 

En plena fase 2, en la Ciudad de México hay gente, no multitudes, circulando a pesar de los llamados a permanecer en su domicilio. En Francia, desde antes de que se decretara el estado de emergencia sanitaria, se comenzó a aplicar una primera sanción de 135 euros a quien ande en la calle sin el permiso o justificante correspondiente y, del 24 de marzo y hasta el 24 de mayo, en caso de tres violaciones durante esos 60 días, “multa de 1,500 euros en caso de reincidencia durante los siguientes 15 días y hasta 3,750 euros de multa y seis meses de prisión en caso de multirreincidencia en un período de 30 días, así como posible suspensión del permiso de conducir”. 

Vemos en nuestras calles a personas que tienen que trabajar por responsabilidad cívica o por sobrevivencia, algo comprensible en esta fase 2. Lo inaudito es ver a adolescentes agrupados, a jóvenes abrazándose y besándose (supongo que no viven juntos) y a padres con niños paseando. 

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Recetas para la psique

No es lo mismo un confinamiento voluntario que uno forzoso. Como sea, la vida de varios santos nos enseña cómo vivirlo de forma positiva. 

San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, vivió en una cueva durante diez meses, aislado y medio confinado. Había disfrutado combatiendo, pues buscaba ganar honores. En un anterior confinamiento, obligatorio (recibió una bombarda en una pierna que tardó en curar), se puso a leer: las novelas de caballería le hacían imaginarse a sí mismo como caballero cruzado; agotados estos libros, leyó un Vita Christi y vidas de santos, y quiso hacer lo mismo que ellos; soñaba con ir a defender Jerusalén. Como muchos de nosotros, de joven era fantasioso. Entonces también era supersticioso: dejaba su destino a la suerte o, mejor dicho, sus decisiones, a supuestas señales sobrenaturales. No sabía cómo decidir; su cerebro pensaba una cosa u otra, dejándole insatisfecho. En una ocasión en que discutió con un moro sobre la virginidad postparto de María, cuando el moro se separó de él, Ignacio no sabía si vengar la ofensa o no, de manera que dejó la decisión a su animal: “si la mula fuese por el camino de la villa, él buscaría el moro y le daría de puñaladas; y si no fuese hacia la villa, sino por el camino real, dejarlo quedar” (Autobiografía). Resultó que, según la bestia, la voluntad de Dios era que no matase al moro. Luego de varias aventuras, de su determinación de embarcarse hacia Jerusalén y de no poder hacerlo porque había peste en Barcelona, de decisiones dejadas al azar que le causaban desasosiego, de que se le fueran abriendo los ojos del entendimiento y de hacerse bolas, resolvió quedarse en Manresa entretanto, tiempo de intranquilidades por escrúpulos y sentimientos de culpabilidad: aquí pasó aventuras mentales y emocionales. Vivió, pues, en una cueva, en la que delineó sus Ejercicios Espirituales, que incluyen un programa de gimnasia mental. Este confinamiento y aislamiento voluntarios los necesitaba: requería de tiempo para saber si aquello que pensaba estaba bien o no, para reflexionar y meditar, para comprender las diferencias entre lo que le decía la razón, descubriendo las trampas, y lo que le decían sus emociones, discerniendo si eran de utilidad o absurdas. 

En la actualidad hay personas que son felices enclaustradas. Aunque físicamente “confinadas”, mentalmente no lo están porque realizan actos que a algunos les parecen disparatados. No lo son. 

Las Religiosas Pasionistas de México retoman palabras de San Gabriel de la Dolorosa, su correligionario: “La alegría que disfruto aquí, dentro de estos santos muros, es casi indecible y no admite comparación con los vanos ligeros pasatiempos que buscaba ávidamente en el mundo”. ¿Cómo es posible esto? Porque son mujeres que se dedican a la contemplación activa (8 horas), que no es quedarse embobado sino, en el sentido aristotélico (nicomaqueo), el método más alto para alcanzar el conocimiento, de forma consciente, racional, de las realidades divinas, para lo cual se requiere disposición y formación. Por eso son felices (más 8 horas para trabajar y 8 horas para ejercicios y descansar). Por su parte, el joven Francisco Possenti (San Gabriel), bien educado, elegante, alegre, fiestero y buen bailarín, llamado “el enamoradizo”, entró en confinamiento en una comunidad pobre, rígida, austera, en la que había que ayunar y seguir reglas puntuales, “martirio” del que nunca se quejó. Esto es posible porque aceptó obedecer, feliz, las reglas y ejercitarse para adquirir la caridad, que es amor. 

Otra mujer pasionista muy joven, Santa Gema Galgani, vivió un confinamiento, esta vez forzoso. Por “espinitis” —por lo que describe, por los estudios médicos sobre su caso y por experiencia propia, se trata de una lesión en la columna vertebral—, tuvo que permanecer en cama, padeciendo tremendos dolores. Este desierto suyo, como para otros, fue positivo: tierra de reflexión, de tentaciones y luchas, de purificación, tiempo para deshacerse de las fantasías, de estar en conciencia (y no emotivamente) frente a la opción fundamental. San Pablo de la Cruz, fundador de la Congregación de la Pasión, también joven, decidió confinarse cuarenta días en una habitación al lado de la sacristía de la iglesia de San Carlos, en Castellazzo: como a Loyola, se le aclaró el entendimiento, es decir, vio claro, y escribió de un jalón las reglas de su futura agrupación.

Porque una de dos: o damos un sentido positivo al confinamiento, o lo vivimos de forma negativa, con ansiedades, desalientos, frustraciones y hasta depresión. Al menos que nos sirva para despojarnos de fantasías dañinas, de sueños desproporcionados, para curar heridas interiores, para aprender, como inicio, a desenmarañarnos. 

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Otras recetas

Ahora que, por razones de salud mundial, debemos estar confinados en nuestra vivienda, comienzan a surgir cuestionamientos sobre las conductas al interior de las familias, en las parejas: el riesgo de las mujeres a sufrir violencia podría incrementarse. Ante este peligro, durante la cuarentena, es urgente que se abran casas donde puedan refugiarse y recibir ayuda.

Esto me lleva a recordar la cuarentena más famosa: la de Jesús en el desierto, que duró “cuarenta días y cuarenta noches”. No estuvo confinado, porque el desierto no es ni limitado ni cerrado. Todo lo contrario. Ofrece muchas riquezas. Sí estuvo aislado: apartado, solo. Tomó decisiones y se llenó de fortaleza. Además, esta receta del desierto nos enseña a pelear —no sin antes contar con las armas adecuadas y sabiéndolas emplear— con nuestros propios demonios.

Sabiendo de lo que habla y con base en toda la Tradición, el Papa Francisco, en video-entrevista con Jordi Évole (laSexta.com, Madrid, 22 de marzo 2020) dio dos recetas más. La primera, para los empresarios, a quienes de forma medio indirecta dijo que es momento de realizar “grandes gestos”, esos “que hacen falta ahora”, pues “una empresa que despide para salvarse no es una solución; (…) en este momento más que despedir, hay que acoger y hacer sentir que hay una sociedad solidaria”. Y la segunda, para todas las personas y pueblos, “que van a tomar de esta crisis enseñanza para revisar sus vidas. Vamos a salir mejores. Menos, por supuesto, muchos se quedarán en el camino y será duro. Pero tengo fe, vamos a salir mejores”. Afirmó que tiene mucha esperanza en la humanidad.

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Soberbia y omisión igual a muerte por selección

El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, llamó a un alto al fuego “inmediato y global”, porque en los países en guerra los sistemas sanitarios están colapsados y porque los refugiados y personas desplazadas necesitan ayuda para enfrentar el Covid-19, la que sólo puede llegarles si se crean corredores humanitarios. Veremos quién responderá. 

Donald Trump está dispuesto a sacrificar vidas para que la gente vuelva al trabajo y la economía de su país no se desplome más. No sabemos cómo se hará tal sacrificio. A pesar de las enormes cantidades que en su país se estarán destinando a enfrentar la demanda de atención médica que se avecina, su declaración nos hace concluir que la crisis será tan grave, que quizá dejen morir a los ancianos, a los enfermos con menos probabilidad de salvarse, a los más pobres. Tal vez desea acelerar las cosas: A más rápido el contagio de todos, aunque cueste miles o millones de vidas, menos dinero se perderá.

En Italia, la situación es terrible. Debido a la insuficiencia de recursos sanitarios, la Società Italiana di Anestesia Analgesia Rianimazione e Terapia Intensiva publicó las Recomendaciones de ética clínica para la admisión a tratamientos intensivos y para su suspensión, en condiciones excepcionales de desequilibrio entre necesidades y recursos disponibles. Indican que debe tenerse como “objetivo garantizar tratamientos intensivos a pacientes con mayores posibilidades de éxito terapéutico: por lo tanto, se trata de privilegiar la ‘mayor esperanza de vida’”. Es decir, serán seleccionados los menos viejos, los jóvenes sanos, y desechados los enfermos de cualquier edad y las personas mayores aunque estén sanas. Esto es una política de selección: si les queda poco tiempo de vida, dejarlos morir. 

En la misma entrevista citada, el Papa Francisco declaró que ante la tardanza de notificación de la pandemia y ante el hecho de que “nadie pensaba que le iba a tocar”, “todos pecamos de alguna manera de subvaluar el problema”. Así vimos a nuestro presidente, Andrés Manuel López Obrador, cristiano, caer en un pecado de omisión de forma contumaz: en la fase 1, hizo que muchos mexicanos no tomaran en serio las medidas sanitarias básicas que su gabinete y el mundo recomendaban, convirtiéndose en “piedra en el camino” que hace tropezar. Sin precisar a quién se refería, el Papa opinó que “la responsabilidad política en general, salvo alguna que otra excepción que es pública, ha sido buena”. 

Y si bien nuestro presidente ha ido rectificando, ha declarado que la economía informal no puede detenerse porque los comerciantes callejeros viven al día. Aquí hay que distinguir quiénes son indispensables y quiénes no. Por ejemplo, los que tienen puestos de comida en la calle, puestos de ropa, zapatos, juguetes, etcétera, los músicos, no lo son; los que venden sus verduras y frutas a mínima escala, tampoco. Con los multimillonarios y los líderes de los comerciantes que cobran cuotas, podría crearse un programa urgente de apoyo para que durante dos meses se les dé una pensión básica para que puedan resguardarse. Mientras, convendría que fuera más enérgico a la hora de transmitir las medidas de protección ante el Covid-19, decretando que todos los que brinden alguna atención al público, formales e informales, están obligados a utilizar mascarillas y gel antibacterial.

Reconocer que a los comerciantes informales no puede pedirles que dejen de trabajar no es caridad; es aceptar que se ha optado por una política de selección: se ha seleccionado a una población no indispensable compuesta de niños, jóvenes, adultos y ancianos, sanos o enfermos, vulnerables por su pobreza y sin servicios de salud, para que se contagie, infecte, y ver cuántos resistirán y cuántos morirán. Esto no es amar al prójimo necesitado. 

Como cabeza de la nación, debería tener claro que los trabajadores indispensables en esta crisis son todos aquellos que nos permiten sobrevivir: los productores, distribuidores y vendedores de alimentos; los que hacen posible que tengamos agua, energía eléctrica, gas; los fabricantes y vendedores medicamentos, jabón, cloro, alcohol, papel de baño; los que médicos, personal de enfermería; barrenderos, policías, militares; todos aquellos que arriesgan sus vidas para que los demás vivamos. Todos ellos son héroes.

Él, que dice conocer bien a los pobres, ha de saber que no todos leen ni tienen acceso a celulares o computadoras y que es muy probable que no vean sus conferencias matinales ni noticieros. Los ancianos tampoco manejan las nuevas tecnologías. Por ello, se sugiere que recurriera a formas populares de difusión, como son carteles impresos a colocarse en mercados, puestos ambulantes, tienditas, tlapalerías, gasolinerías, farmacias, etcétera, volantes y pregoneros, éstos en una campaña con alcaldías y presidencias municipales. Asimismo, podría organizarse la venta de frutas, verduras, legumbres, cereales, pollo, por colonias y con sus mercados, con entrega a domicilio; las listas de productos y sus precios —controlados— los publicarían las autoridades locales. Y comenzar una campaña sobre la correcta alimentación, la que no causa diabetes ni obesidad.

Emmanuel Macron afirmó que estamos en una guerra. Difiero en cuanto al enemigo. Él se refiere al Covid-19. Pienso que los verdaderos enemigos han sido los gobiernos soberbios que no escucharon a los científicos que predijeron que nuevos coronavirus causarían una pandemia, que no invirtieron en sistemas de salud o que los destruyeron, que no han apoyado la investigación médica, que creyeron que por estar en el siglo XXI el mundo invisible de virus y bacterias estaba dominado, que creen que todo lo pueden. 

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Miedo y esperanzas

La madrugada del 25 de marzo 2020 me conecté a la televisión vaticana. La plaza de San Pedro, rodeada de sus imponentes columnas y edificios, lucía totalmente vacía y sin ningún sonido. Imagen impresionante de lo que podría ser esta tierra sin humanidad. Por un segundo recordé a ciertos ateos que a la hora de la muerte se encomendaron a Dios, “por si las dudas”; en el fondo, por miedo. 

Y sí, estamos angustiados, aterrorizados, tristísimos, porque México no tiene bastante dinero para equiparse con lo imprescindible para salvar la vida de abuelos, padres y, ahora, hasta de niños, que ya se contagian, porque según la OMS, será hospitalizado uno de cada cinco infectados. Quizá para la segunda ola del Covid-19, que comenzará cuando se salga del confinamiento, estemos mejor equipados y preparados. Esta segunda ola parece que ya comenzó en China y se prevé que se extenderá el próximo invierno.

No obstante (datos tomados de “¿Qué es la inmunidad de grupo y cómo puede detener al coronavirus?”, MIT Technology Review, 20 de marzo 2020; nota de Antonio Regalado), se espera que para entonces el “60% de la población mundial” esté infectada (con síntomas o sin ellos), “punto en el que los epidemiólogos creen que debería surgir la inmunidad colectiva” para el Covid-19; según Marc Lipsitch, epidemiólogo de la Universidad de Harvard, “se supone que el final de esta pandemia requerirá que casi el 50% de la población sea inmune, ya sea mediante una vacuna que todavía tardará en llegar o por contagio natural”; otros expertos opinan que se requiere que el 80% de los habitantes del planeta sea inmune para que la pandemia termine. De ahí la importancia de respetar las medidas de confinamiento, ya que “cuanto más lento sea el desarrollo de la pandemia, mayores serán las posibilidades de que los nuevos tratamientos o vacunas ayuden a combatirla”. Las vacunas para las diferentes mutaciones del Covid-19 serán necesarias, pues según Mayron Levina, experto en enfermedades infecciosas de la Universidad de Maryland, ante tales mutaciones “las personas no se vuelven inmunes”. 

Frente a lo inminente —casi todos nos contagiaremos, la mayoría infectada vivirá y miles o millones morirán, no por el Covid 19 en sí, sino por precariedad de recursos hospitalarios debida a corrupción y negligencia—, se busca retardar la mayor crisis, con la finalidad de poder administrar los servicios de salud que atenderán a los miles de afectados con síntomas graves. En el pico de la fase 3, cuando médicos, enfermeras, camas, respiradores y otros aparatos de reanimación, medicamentos, mascarillas médicas, trajes protectores, no sean suficientes, la política de selección será más inhumana. Y esto es lo grave: que, ante las dudas éticas, tenga que establecerse una política del quién vivirá y quién morirá, una “solución final”. 

Mas hay esperanza porque hay soluciones en camino. Además de próximas vacunas y medicamentos, una de ellas es la producción de miles de respiradores automáticos. CoronavirusMakers.org, grupo que reúne a expertos de todo el mundo, incluidos mexicanos, está desarrollando respiradores de fácil fabricación y otros artículos a replicarse con tecnología 3D. En especial, la ingeniería biomédica nacional necesita recursos urgentes para manufacturar equipos médicos.

Creemos, confiamos en que nuestro gobierno está cumpliendo con la obligación de contar con equipos e insumos suficientes para salvar vidas. Deseamos que en breve comience la aplicación de pruebas de detección del virus a nivel masivo. Tenemos esperanza en que las vacunas y los medicamentos, que ya están probándose en humanos, funcionen, y en que serán suministrados de forma gratuita o a precio simbólico. Soñamos con fallecimientos naturales o por otras enfermedades, sabiendo que se hizo todo lo posible para mantener con vida a los seres humanos. 

Queremos viva a la humanidad, queremos vivos a nuestros seres amados. No los queremos muertos por egoísmo y selección. 

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