Diario del año del coronavirus

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Jueves 26 de marzo, 2020.

El país es un desorden. Un adagio militar dice: orden, contraorden, desorden. La estructura burocrática decreta cerrar oficinas públicas por fase 2 en nivel superior y el presidente de la república saldrá de gira. Se justifica diciendo que serán reuniones de menos de 100 personas, pero en el camino, sobre todo en el aeropuerto comercial, los virus andan a la caza de víctimas. Y lo del número de personas en reuniones es una falacia: basta con una que esté infectada para expandirse de manera geométrica.

En fin.

En el fondo hay una lógica política en el presidente. Lo escribí hoy en mi columna:

INDICADOR POLÍTICO

AMLO: “soy indestructible”; bajo costo político para su proyecto

Carlos Ramírez

Si los medios extranjeros se asombran del comportamiento político público del presidente López Obrador ante la pandemia, quizá debieran aplicar el modelo Alan Riding, corresponsal del The New York Times en México en los setenta: pensar como mexicanos.

El principal cálculo político del presidente López Obrador se basa en las expectativas político-electorales: en las elecciones de 2021, aún con el partido Morena deshecho tribus internas, el liderazgo presidencial podrá mantener a su coalición como primera fuerza electoral y ganar diez de las quince gubernaturas en pugna, sobre todo por la ausencia organizativa de la oposición.

El principal cálculo social radica en la posibilidad de que el saldo negativo de la pandemia de Covid-19 sea menor al de la pandemia del H1N1 de 2009, cuyas cifras fueron menores a la sobrerreacción: más de 70 mil infectados y más de mil 100 fallecidos.

El principal cálculo económico radica en las cifras del PIB que no le preocupan porque su objetivo presidencial es consolidar su modelo social de distribución directa de la riqueza y de proyectos de infraestructura pensados como opositor ante circunstancias diferentes. Con todos los datos de que el PIB sería negativo en 2019 –sin pandemia–, mantuvo su estrategia social ajena al desarrollo económico. Al final de cuentas, el PIB es efecto de decisiones de inversionistas privados que suelen dominar al Estado y del enfoque de que los empresarios van a tener que invertir para ganar dinero sin controlar al Estado. El PIB negativo, sería el razonamiento presidencial, afecta más a los empresarios que al gobierno.

Y el principal cálculo personal radica en la convicción de su fuerza de liderazgo. En tres ocasiones y ante circunstancias diferentes de presiones opositoras, López Obrador ha repetido una autopercepción: “soy indestructible”. Primero fue en 2003 al responder a los ataques agresivos de diputados por mover el techo de endeudamiento, después fue en plena campaña del 2006 por la guerra provocadora de la oposición: “soy políticamente indestructible”. Y la tercera en febrero de 2018 cuando ya encabezaba las encuestas: “soy políticamente indestructible”. En las tres ocasiones afirmó que su escudo protector era la honestidad.

De los cuatro cálculos, el del PIB generará más debates por ser una de las variables determinantes de organismos financieros y empresarios. Los tropiezos de 1995 y 2009 provocaron PIB negativo circunstancial y ante eventos no controlados: el colapso político y la devaluación de 1994 y la quiebra de financieras estadunidenses en 2009. Por estrategia centrada en la reactivación, el PIB ser recompuso en 1996 (6.8%) y en 2010 (5.1%), para terminar con promedio anual sexenal de 1.7% con Zedillo y 3.26% con Calderón.

La clave se localizó en la existencia de un modelo de desarrollo funcional al crecimiento económico y pactos políticos y sociales con la oposición y los empresarios. La caída del PIB de -0.1% en 2019 no preocupó al presidente López Obrador y nada hizo para recomponer el rumbo productivo. La prioridad del presidente es su proyecto social –asignaciones directas en efectivo a sectores vulnerables– y su modelo de inversiones –proyectos específicos anunciados desde su campaña de 2006–, pero no el enfoque tradicional de los economistas del desarrollo de visualizar el PIB como un modelo integral de desarrollo.

En este sentido, la recesión económica venía desde el segundo trimestre de 2019 y no preocupaba al despacho presidencial de Palacio Nacional. En todo caso, todavía falta quizá un par de años más para evaluar el efecto económico de gasto social no productivo y PIB negativo durante los primeros tres años del sexenio. La meta comprometida por el presidente López Obrador fue un PIB promedio anual de 4%, dos puntos abajo del alcanzado en el largo ciclo 1924-1982 y dos puntos arriba del 2% promedio anual del ciclo neoliberal 1983-2018.

Lo que se advierte en el enfoque presidencial del impacto no médico de la pandemia del coronavirus radica en la prioridad de un liderazgo personal que no existió en los terremotos de 1985, careció de prioridad en 1995 y se diluyó en la emergencia médica de 2009. La presencia personal diaria de López Obrador al frente del gobierno en las conferencias matutinas diarias es mayor al daño adicional que pudiera registrarse con mayores infecciones y muertes por el Covid-19.

El saldo real del coronavirus no se verá en las cifras finales de infectados y fallecidos, ni en las encuestas de aprobación, sino en las elecciones legislativas y de gobernador de 2021 en las que el liderazgo de López Obrador y no Morena garantizan la reconfirmación o pérdida de primera fuerza política. Al final, la oposición careció de sentido político en la pandemita para posicionarse como una alternativa.

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Y lo publicó hoy también Salvador Camarena en El Financiero:

Andrés Manuel tiene razón

Salvador Camarena

Este miércoles cambió mi óptica sobre los viajes, las giras y los actos de las últimas semanas del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Antes de ayer, creía que en esta crisis él trataba de mandar un mensaje de normalidad a la población en un intento por sostener la economía lo más posible.

También llegué a tener la hipótesis de que él cree no se puede dar el lujo de asustar prematura o innecesariamente a la población. Pero ayer di con la clave. Creo.

El martes me fui en la bicicleta a recorrer algunas calles de la capital que han ido cambiando, dramáticamente, de piel: banquetas que han perdido transeúntes, parques solitarios, cafés y restaurantes de clientela en mínimos históricos y, por supuesto, muchos locales comerciales cerrados por aquí y por allá.

En @salcamarena puse varios videos de esos recorridos.

El miércoles quise visitar el Metro. Polanco luce vacío, sin oficinistas ni el turismo habitual. La Roma y la Condesa resisten un poco el apagón semidecretado por el gobierno local, pero igualmente parecen la sombra de la normalidad relajada que desde hace años caracteriza a ambas colonias. Pero desde hace medio siglo pocas cosas definen mejor la vida en Ciudad de México como el Metro capitalino.

Hice un recorrido corto, y por muchas estaciones que no necesariamente reflejan la parte más concurrida, o popular, de nuestro Metro. Fui de Chapultepec a Barranca del Muerto, con trasbordo en la caótica Tacubaya.

Y ahí se hizo la luz. López Obrador no está loco. No es un necio emberrinchado. O quizá un poco sí, pero no necesariamente por insistir en sus giras y apapachos en medio de la contingencia por el Covid-19.

AMLO sabe que en el Metro, y en miles de colonias y pueblos del país, Susana Distancia es una quimera, para decirlo en términos muy leves. Susana es una nada.

Con su bien probado instinto político, López Obrador sabe que él no podía, menos aún hace un par de semanas, ponerse gel cada cinco minutos ni distanciarse de la gente. Porque sabe que muchos de los que le votaron, muchos de los que le siguen teniendo fe, no pueden hacerle espacio a Susana Distancia porque simplemente en el Metro, o en el micro, no cabe la señorita esa que se supone que debe estar entre todos nosotros para que dejemos metro y medio de distancia. Ja. Metro y medio en Tacubaya debe valer tanto como un metro y medio en Rubén Darío o Campos Elíseos.

A las 8:30 horas el Metro iba atestado. No en sus peores formas, como se ve en Pantitlán, por ejemplo. Pero lo suficientemente lleno para tocarnos hombro con hombro todo el tiempo en un trayecto de unos 20 minutos.

Si el tabasqueño se refugiaba desde el viernes 13 de marzo en su despacho, si se alejaba a su alcoba presidencial, si se volvía invisible dentro de la pandemia, los suyos de tanto pueblo, ranchería y colonia popular se lo reclamarían.

Esto no es una defensa de la irresponsabilidad. Nadie bendice los besos y abrazos que reparte, contra toda instrucción médica, el titular del Ejecutivo en sus mítines y giras.

Pero si algún sentido tiene que vaya a seguir en sus giras, aunque ahora “solo” con mítines de 100 personas y sin saludos mano a mano, si una explicación hay es que él va a ir con los que no se pueden dar el lujo de no montar el puesto del mercado o de no abrir el taller para las talachas. AMLO es como ellos, y quiere que lo vean ser como ellos.

Mientras la gente tenga que ir chambear en la obra, o en el tianguis, en la fonda, en la farmacia popular, etcétera, Andrés Manuel seguirá en la calle. Y tiene razón. Mucha razón.

Porque este gobierno –ni ningún gobierno mexicano de ningún tiempo– tiene dinero o medios para sufragar con el erario el que los mexicanos se queden en casa días, y menos semanas. No hay para eso.

Hay muchos allá afuera que no pueden parar. Ni un día. Y mientras eso ocurra, él seguirá en la calle, con ellos, como ellos. No podría ser de otra manera.

***

El caso es que el presidente de la república está operando en función de su liderazgo para lo que viene –elecciones legislativas y de quince gobernadores en 2021 y elecciones presidenciales en el 2024–, aunque distorsionando las estructuras de salud ante epidemias en grado de pandemia. De todos modos, el sentido común no opera en situaciones de liderazgos personales.

Las cifras comienzan a dispararse. Pero la lógica del poder se basa en un realismo maquiavélico: las cifras de infectados y fallecidos será menor a otros países y ya se descontó el repudio. Hoy se supo de la encuesta de aprobación de GEA-ISA y se señala una cifra de 47% y la encuesta de Consulta-El Economista va en 50.1%. Hay un piso de 345% hacia arriba y el presidente López Obrador tiene mucha habilidad para recuperar aprobación perdida. Adem.as, no tiene oposición enfrente.

Las cifras de infectados y fallecidos comienza a subir, pero no hay en el ambiente ninguna sombra de cuestionamiento. Y eso cuenta.