AMLO: es ahora o nunca

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Había ocurrido el conflicto de los pozos petroleros en Tabasco. Se rumoraba que AMLO iba a ser detenido por autoridades federales, inclusive existía la sospecha de una agresión física, muy grave para el dirigente tabasqueño, que había ocurrido con una pedrada que generó fotos en medios de información nacionales e internacionales. No resultó cosa mayor.

Cuauhtémoc Cárdenas nos convocó a un pequeño grupo de su equipo, entre los que se contaban el coreano Leonel Godoy, la ex diputada Adriana Luna Parra, Jorge Castañeda –de quien ya había iniciado su distanciamiento y que no tenía tampoco una buena relación con López Obrador–. Finalmente, no había que entender todo lo que Cuauhtémoc configuraba. Fui también invitado.

Salimos temprano del aeropuerto de la Ciudad de México. No se convocó a la prensa, pero estaba saturado de periodistas a nuestra llegada a Villahermosa. Una entrevista callejera corta y nos dirigimos en un vehículo grande, a la casa de Andrés Manuel. Su casa, que no conocía, era clasemediera, en una colonia de ese tipo. Una vivienda pulcra, con una señora amable y dulce.

Desayunamos en ese hogar. Había mucha tensión en la República –en Tabasco, sobre todo–. No hubo motivos de la visita, ni se tocaron. Cuauhtémoc, como siempre, frío pero amable. Andrés, honrado por la venida de su jefe máximo, que se traducía en una protección para el líder tabasqueño. Permanecimos en la casa. Comimos allí también. El vuelo salía casi en la noche y Cuauhtémoc, como es costumbre, empezó a fatigarse como producto de las largas y continuas giras cotidianas: vivía recorriendo el país desde las 6 de la mañana, con eventos que terminaban a las 11 de la noche para llegar a la 1 de la mañana al hotel. Siempre tenía “el sueño atrasado”. Se acercó Andrés a mi persona y me dijo: “Jaime, tú que le tienes confianza, pregúntale si no quiere descansar en la recámara del piso de arriba”. Se lo dije a Cuauhtémoc quien me respondió: “De ninguna manera. Aquí estoy bien”. Se me acercó el servil de Leonel Godoy y me reclamó por hablarle “de tú” al jefe. Le contesté: “pregúntale tú por qué lo hace”. Desde una gira que tuvimos con Manuel Moreno Sánchez en el municipio de Loreto, Zacatecas, cuando el ex líder del senado había sido designado a presidente municipal de Aguascalientes. Allí fue donde Cuauhtémoc me dijo: “vámonos hablando de tú. ¿qué te parece?”. Le respondí, “como tú digas, Cuauhtémoc”.

Andrés Manuel es un líder complicado. Desde que militó en el PRI y hasta la fecha, es así. Interpretarlo es muy difícil. Es anímico, terco, caprichoso e irracional. Pero también es consistente, patriota y no se hinca ante nada. Esa frase de que “yo me hinco donde se hinca el pueblo”, no es del todo verdadera.

Cuando se efectuó el primer congreso nacional del PRD, el partido que se fundó el 6 de julio de 1988, apareció por primera vez en la clase política de ese novel grupo, el nombre de Andrés Manuel López Obrador, para ser consejero nacional. No lo conocía nadie. Lo bajaban de la lista y volvía a subir. Como que la mano invisible de Adam Smith en la economía –según narraba el libro de Samuelson– también actuaba oculta en este caso de la política. Sorpresivamente, Cuauhtémoc propuso a Andrés Manuel para la presidencia del partido. Había muchos aspirantes, entre ellos Porfirio Muñoz Ledo, Adolfo Gilly, algunos comunistas que habían cedido su registro… finalmente fue Cárdenas el presidente y Andrés fue consejero, un consejero tibio que nunca destacó en su encargo. En ese congreso yo mismo fui consejero también y fui aprobado para el primer Comité Ejecutivo de Cuauhtémoc Cárdenas. Me tocó organizar el área de Relaciones Internacionales para el que fui elegido por mi manejo de idiomas y me dediqué a ser diputado –que ya lo era– y a crear comités del PRD fundamentalmente en California, Texas, Nueva York, Chicago… también en Francia, España, Suiza y desde luego, en Centro América.

AMLO era un líder incómodo para el mismo: como que no se sentía a gusto en este nuevo partido. Pero Cuauhtémoc Cárdenas fue siempre su ángel de la guarda. Cuando René Bejarano propuso ante los medios de comunicación, a Andrés Manuel para el DF, provocó un escándalo: pero no era una idea genial, en virtud de que un tabasqueño de lengua mocha y camisa arremangada que no parecía chilango, no cazaba en el perfil para competir por la jefatura de gobierno. Cuauhtémoc nos pidió a Adriana Luna Parra, a un diputado federal de entonces –que hoy es regidor por Naucalpan– y a mí, que fuéramos a su casa en Villahermosa a hacerle la invitación. Allí era donde él despachaba. Se lo planteamos y prácticamente se enfureció: habló mal del partido, dijo que él era tabasqueño y nos bateó. Regresamos con la encomienda no cumplida.

Le informamos a Cuauhtémoc quien dijo simplemente: “ya veremos”. Una semana después, AMLO estaba propuesto para la jefatura de gobierno. Fue una campaña muy difícil. No había encanto en el candidato, pero el partido y Cuauhtémoc estaban en sus mejores momentos, y la jefatura de gobierno estaba muy bien conducida –luego de que Cuauhtémoc la dejara– en manos de Rosario Robles. La elección fue muy cerrada contra Santiago Creel, e hizo falta la suma de los votos de Manuel Camacho –junto con Marcelo Ebrard– para asegurar su victoria.

La vida política de Andrés siempre ha sido convulsiva. Nunca mantiene el equipo que él originalmente planea. No admite opiniones y decapita y expulsa de los cielos a quien las emite. Pero hoy es presidente: no tiene por qué ser aquel que antes era en aquel triste rincón. Hoy debe actuar como presidente, no como activista. Debe tomar decisiones difíciles porque está frente al Ejecutivo: es un poder personal, no colectivo como lo son el Senado o la Cámara de Diputados. Las encuestas no sirven más que para evadir la responsabilidad del Ejecutivo. Él es quien tiene que decidir y asumir los riesgos que ello implica. Sigue pagando réditos del aeropuerto de Texcoco, del Tren Maya y ahora de la cervecera del norte. No tiene por qué tener un vocero, que es un pobre payaso y un médico ignorante de la política nacional, que sólo dice estupideces.

AMLO es el presidente y crecerá con esta crisis, si él así lo decide, o perderá su capital político a sólo 15 meses de gobierno. Pasará a la historia como Juárez, no como Madero porque fue efímero, pero sí como López Mateos y muchos otros. Pero, si no rectifica su actitud en la toma de decisiones que no puede evadir porque sólo a él corresponde y no puede delegar, su nombre quedará grabado en la historia como un presidente tibio y timorato.

Es ahora o nunca. Un presidente chistoso, con vestimentas extrañas, con frases simplistas no encanta al pueblo. Observen las imágenes de los presidentes de México. Son escasas aquellas donde se les capta sonriendo o disfrazados. Juárez siempre se presentó con traje formal, hasta con sombrero. Cárdenas se dejó ver con campesinos, pero siempre con traje y corbata. AMLO tiene que entenderse a sí mismo. Está en el ahora o nunca, y nos hace falta a los que construimos la izquierda contemporánea y a quienes le ayudamos a edificar su presidencia sin estar en su gobierno y sin recibir o reclamar nada. El éxito de AMLO es producto de la decisión y la fortaleza de, al menos dos generaciones de mexicanos. No nos puede fallar.