Una mañana en Tlatelolco

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La ciudad aún no se reponía de los sismos del 19 y 20 de septiembre. Sus graves efectos tardarían más tiempo todavía. De las consecuencias políticas derivadas de todo aquello no se aliviará nunca.

Desde entonces la izquierda tomó el poder en el desaparecido Distrito Federal y la ciudad se ha ido degradando paso a paso. Posiblemente no haya en muchos años una fuerza política capaz de desplazar a los gobiernos derivados de ese reacomodo, ahora operado electoralmente desde el Palacio Nacional.

Quienes trabajábamos en Los Pinos, llevábamos muchos días con dos o tres horas de sueño. Desde la mañana del primer terremoto, hasta muchos meses después, las cosas no volvieron a ser normales en un ámbito acostumbrado, de por sí, a la anormalidad.

Sin embargo, una inconveniente política de bajo perfil (a pesar de la eficacia en la atención de la emergencia)  le dejó al Presidente de la República la falsa imagen —fomentada por la oposición—, de un desapego ante la desgracia. No fue así, pero ahora no caso tiene hablar de eso. Injustamente, pero ya fue juzgado y sentenciado. Pero eso es otro asunto.

La mañana del 23 de septiembre me ordenaron ir al edificio Nuevo León con la esposa del Presidente, la discreta señora Paloma Cordero, cuyas intervenciones públicas se contaron con las manos en todo el sexenio. Otros tiempos.

El coronel Valentín  Romano, jefe de la Sección II en el Estado Mayor Presidencial, fue el responsable de la visita. La señora De la Madrid, acompañaba a Nancy Davis, la esposa de Ronald Reagan, quien le envió una carta con ella. John Gavin, embajador americano, quien por unos momentos, sólo unos momentos, abandonó su agresiva conducta contra este país, estaba presente.

“23 de septiembre, 1985

“Querido Miguel:

“De parte del pueblo estadounidense, Nancy y yo queremos extenderle una vez más a usted y al pueblo mexicano nuestra simpatía y apoyo en medio de su inmensa lucha contra la tremenda tragedia que ha caído encima a México.

“Fue el fuerte deseo de Nancy viajar a México para hacerle saber a su gente nuestro respeto y admiración por la vigorosa respuesta de México para cumplir sus enormes necesidades humanas. La capacidad de resistir y perdurar de sus ciudadanos es verdaderamente extraordinaria.

“Durante estos momentos de necesidad, estoy confiado que la comunidad global responderá generosamente para apoyar los esfuerzos mexicanos de sobrellevar este trágico terremoto.

“Puede estar seguro que los Estados Unidos acelerará nuestros esfuerzos en proveer la asistencia apropiada, como lo identifique el gobierno mexicano. Estamos en guardia listos para asistirlos a usted y al pueblo mexicano ahora que están emprendiendo este heroico esfuerzo de aliviar la miseria que ha causado este terremoto. Y, más allá de sus necesidades inmediatas, a medida que usted se formula sus planes de largo plazo de reconstrucción, querremos consultarle sobre cómo nosotros y otros miembros de la comunidad internacional podemos serle de ayuda…”

“…Ronald Reagan.”

Obviamente la carta fue escrita o dictada originalmente en inglés. Fue luego traducida. Reagan no hablaba español. Nadie habría mal entendido un  texto comedido, como ése, así los traductores tengan fama de traidores, excepto cuando uno es bilingüe y no traduce porque piensa y habla en otra lengua.

Esta digresión me aparta un tanto de la mañana tlatelolca, porque ahora don Marcelo Ebrard, quien ya no despacha en esa zona de la ciudad los asuntos de la cancillería, le atribuye a una mala traducción el claro rapapolvos del bilingüe embajador Christopher Landau, quien les dijo a los burócratas mexicanos, expertos en darle vueltas a las cosas sin hacer realmente algo práctico, esto no puede seguir así.

Y lo dijo en español. Pero Ebrard quiere siempre minimizar las cosas cuando no le favorecen. Así es él.

Pero yo iba a contar cómo la visita de las dos primeras damas (entonces tal distinción social no daba pena), fue interrumpida por un señor con cubrebocas,  mezclilla, polvo y tierra; con las manos sucias y raspadas, y alta urgencia de hablar con la esposa del Presidente mexicano.

Me tomó del brazo y me dijo: “Soy Plácido Domingo, ayúdeme, quiero hablar con doña Paloma”.

—Espere, le dije.

Lo acompañé con Romano y le pidieron paciencia.

—Cuando acabe la visita.

La visita terminó. Así comenzó su colaboración y su aportación en la reconstrucción escolar, entre otras cosas.  Eso lo hizo casi un héroe en México,  Muchos lo tenían en un pedestal.

Y todo eso se acabó. Se acabó para siempre.

rafael.cardona.sandoval@gmail.com

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Twitter: @CardonaRafael