La trampa del futuro mejor

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Aquellos que pueden hacerte creer absurdos

pueden hacerte cometer atrocidades

Voltaire

Acostumbrados a mirarnos el ombligo en vez de entender que todo discurso político sigue patrones predecibles y hasta de manual, perdemos la capacidad de entender las estrategias de comunicación a las que se nos expone. No nos extrañe, por lo tanto, que vivamos reaccionando ante declaraciones y expresiones que se podrían atajar con algo de conocimiento.

Por ejemplo, hace unos días leí una declaración desafortunada de un seguidor del régimen. Transcribo textual:

Si el sacrificio de la 4T por el bien de México es que incluso haya niños que van a morir por el desabasto de medicamentos pues hay que aceptarlo, nuestro presidente sabe muy bien lo que está haciendo, y si esos angelitos darán la vida por un México mejor serán vistos como héroes en un futuro! Nuestro presidente es el capitán de vuelo y llevará a México a muy buen puerto, viva nuestro presidente Andrés Manuel López Obrador!!

No voy a discutir cuán mezquino y bajo es el comentario, porque es evidente que mucho. Voy al grano: se veía venir desde hace tiempo que esto sucedería, y si no ponemos atención y posicionamos otros discursos, con esa misma fe se podrán justificar atrocidades mayores. ¿Por qué tanta certeza? Porque el discurso teleológico ha llevado desde hace milenios a escenarios iguales o peores, y nuestro gobierno basa toda su legitimidad en esa visión.

La telología es la creencia en que la marcha del universo es como un orden de fines que las cosas tienden a realizar, y no una sucesión de causas y efectos. El filósofo John Gray describe los efectos políticos de este discurso en su libro Misa negra. La religión apocalíptica y la muerte de la utopía, publicado en Paidós y recientemente también en Sexto Piso.

Gray destaca que una visión teleológica es propia de las religiones abrahámicas, donde había un estado de gracia inicial (paraíso), una caída de esa condición (pecado original) y eventualmente un retorno al paraíso (parusía). Por lo tanto, si hay un final que se cree predeterminado, la gente no es más que una parte de un plan divino, comenzando aquí los graves problemas de gobernabilidad.

Por ejemplo, si un joven se sabe instrumento de una fuerza, entonces se concebirá a sí mismo como un misionero, verá en toda persona que no comulgue con sus posiciones a alguien que debe ser convertido o eliminado. También es posible cometer atrocidades como exterminios masivos o convocar a sacrificios cruentos si hay una promesa de un futuro mejor. Se pueden ver rasgos teleológicos no solamente en teocracias, sino en el Marxismo (comunismo primitivo – modos de producción – regreso al comunismo) e incluso en algunas versiones del liberalismo como el “fin de la historia” de Niskanen. Otro grupo con ideas similares: los neo-conservadores estadounidenses.

El discurso de López Obrador es teleológico por excelencia: su cuarta transformación es la culminación del priísmo, donde ellos se veían como la tercera. Su campaña recurrió al eslogan “el lado correcto de la historia”. El discurso es polarizante, donde se busca mostrar que los opositores son malos por condición, como se aprecia con su visión moralista. Y apela a un futuro cercano para dar resultados, aceptando que habrá sacrificios en el inter. Habría una declaración desafortunada como la que se citó tarde o temprano.

¿Qué hacer? Primero, admitir que este tipo de discursos no se combate frontalmente, pues sólo se reafirma a los conversos. También hay que tomar en cuenta que un discurso teleológico es más atractivo que uno liberal, donde no hay certezas ni destinos. Desarticular una visión lineal de la historia toma tiempo y es necesario crear alternativas que seduzcan la imaginación.

Pero mientras sigamos contemplándonos el ombligo y siendo indulgentes con una oposición que ya rebasó su utilidad, seguiremos entrampados en la teleología.

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