Un Gobierno para reírse

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Joaquín Vila

Decía Oscar Wilde, que la vida es demasiado importante como para tomársela en serio. Nunca como ahora para seguir tan sabio consejo. El pánico a la llegada del nuevo Gobierno no tiene sentido. Hay que asumir que ya está aquí y durará dos o diez años. Eso depende de Junqueras y de Otegui. No podemos vivir todo ese tiempo atrapados por la dictadura del miedo. Es verdad, que Sánchez no va a traer ni más prosperidad ni más libertad ni más justicia. Pero tampoco, el Apocalipsis. Lo hará mal, pero no romperá España. Nuestra nación está por encima de un Gobierno, por nefasto que pueda ser. Resulta un buen desahogo denunciar las tropelías de los políticos. Pero es mejor mofarse de ellos. No podemos dejarnos arrollar por las oleadas de fanatismo, ni deprimirnos por la mediocridad que invade el Congreso de los Diputados. No podemos dejarnos contagiar por la crispación política.

Es hora de tomárselo con humor. Y no hay mejor momento para desternillarse de la risa que contar las andanzas del Gobierno que se avecina. Basta imaginar un Consejo de Ministros. Entre el presidente, los vicepresidentes y los ministros unos veinticinco políticos, astronauta incluido, se apretujarán alrededor de la mesa. Todos querrán hablar, deslumbrar con sus propuestas y que sus ideas, por psicodélicas que sean, terminen en el BOE. Y cada vez que intervenga Pablo Iglesias, Pedro Sánchez se tensará como la cuerda de un arco, apretará los dientes con esa mueca que pretende parecer una sonrisa. La que pone cuando Casado o Arrimadas le arrean en el Hemiciclo. Será un duelo sangriento, pero hay que convertirlo en literario. En un sainete, en una comedia o en un esperpento. El bochinche que se va a montar en los Consejos de Ministros debería filmarse. La película reventaría las taquillas.

Pero conviene recordar que la culpa de que Pedro Sánchez siga en La Moncloa es de los españoles. Y el Gobierno que se ha formado, por Frankenstein que sea, ha salido elegido democráticamente del Congreso de los Diputados. Es fruto de la soberanía popular por mucho que nos escandalicen los socios que ha elegido el presidente para amarrar el poder. Por mucho que nos sorprenda lo que han votado los electores. Por mucho que el fanatismo haya empujado a los ciudadanos a depositar las papeletas con el corazón en lugar de con la cabeza intoxicados por el sectarismo que se ha incrustado en España. Y de nada sirve salir a la calle a protestar, como propone VOX. Se protesta en las urnas.

Ahora toca aguantar el chaparrón de insensateces que saldrán de ese Consejo de Ministros. Seguir adelante. Respirar fuera de la contaminación política que ha envenenado a tantos españoles. Hay que confiar en que este Gobierno dure poco. Pero hasta ese momento, podemos reírnos de un Pedro Sánchez que se pondrá en ridículo cada vez que Pablo Iglesias le rete. O cuando Rufián le amenace desde la tribuna del Hemiciclo y el presidente agache la cabeza para no perder esos 13 escaños que le han dado la victoria. Como la vida, la política también es demasiado importante como para tomársela en serio. Sobre todo, en los próximos dos o diez años.

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