Un héroe revolucionario: el Abuelo Chilo

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Cuando llegó el siglo tenía cinco años. De eso me acuerdo claramente. También del ‘año del hambre’ -porque ya estaba grandecito- y desde luego, de la Revolución a la que me incorporé como caballerango con el general Villa quien, por más que se diga que es de Durango, había nacido en la Sierra de Ábrego, juntito a nuestro rancho. Su fama era muy conocida entre nosotros. Muchos nos unimos desde niños a la Revolución. Yo conocí al Siete Leguas: debía ser el mismo, pero no era caballo, era yegua. La llegué a cepillar muchas veces… Fueron años difíciles los de la Revolución, donde, para enfrentarnos a los federales, había que mascar pólvora o fumar marihuana. Cada batalla y cada noche se despedía uno de la vida. Era de notarse que en la Revolución también había mujeres, y algunos hasta tenían vida familiar… claro que cuando llegaba la muerte, la soldadera se quedaba con el rifle, sepultaba al cristiano y se juntaba con otro. La moral era así, porque la vida no valía nada… Cuando la toma de Zacatecas ya era mayorcito. Me incorporaron a fuerza, primero al grupo de Felipe Ángeles… ¡que chulo pelao! Serio, masculino y sabio pa’ lanzar cañonazos. Había sido director de un colegio, el Militar, y había estudiado en Francia. Después, en esos días cortos, estuve con Pánfilo Natera. Aunque era paisano, ¡qué diferencia! Pero la Revolución no nos dejó nada, sólo malpasadas, desaires y más pobreza… Antes los ladrones estaban en los caminos reales, hoy están detrás de los escritorios. Cuando vamos a arreglar los problemas de las tierras, los licenciados curros con corbatas como lenguas de fuera, siempre tienen fervorines para decir que no a todo. Yo les enseño los balazos en mi cuerpo, les cuento de la Revolución y les da risa. El país no cambió: se fueron unos y llegaron otros. Pero son los mismos a fin de cuentas.”

Ese era el discurso de mi abuelo Isidro Félix, el mismo que mantuvo desde mi niñez hasta su muerte. La vida no fue fácil para él. Tuvo seis hijos y en el sexto murió la abuela, quedando prácticamente dos niños de brazos y los demás en escalera. El más chico, el Benjamín -así llamado- fue entregado a sus padrinos. Los otros, que vivían en una comunidad de Jerez, fueron enviados al hospicio de Guadalupe, como única alternativa de educación y desarrollo. El abuelo nunca logró vencer el analfabetismo, por lo que sus gestiones por escrito a los funcionarios de gobierno, fueron hechas a través de nosotros, sus nietos. Siempre cabalgó con su traje de charro y su pistola al cinto, buscando el pan para sus hijos que prácticamente sin madre y con un padre de características rurales, vivieron impedidos de lograr una verdadera articulación familiar. Pero consiguió formarlos: tres fueron profesores rurales y los demás vivieron en condiciones favorables, sin carencias.

Recuerdo una interesante y significativa anécdota de los años 80’s cuando, asfixiado por su natural sordera, decidió ir a curarse a la Ciudad de México, donde yo vivía. Mi madre me habló en la mañana para informarme que la noche anterior había salido en el tren y que debía haber llegado a la Estación de Buenavista, tan solo con mi dirección y mi teléfono pero sin saber leer. Lo busqué por mar y tierra en las delegaciones, en la Cruz Roja, en la Verde. Fatigado y preocupado, regresé a las 10 de la noche a donde yo vivía: un departamento de Paseo de la Reforma en un edificio de 25 pisos. En el vestíbulo lo encontré descansando en la posición en que siempre dormía, casi sentado, con la cobija y el sombrero charro. Al despertarlo se puso de pie y volteó al cielo a ver el edificio y me preguntó: “¿Todo esto es tuyo mi’jo? Estás cabrón”. Lo llevé del brazo por la recepción, y al enfrentarnos al elevador no dejé de observar su mirada para ver su expresión al conocer un moderno elemento de la tecnología. No tuvo el más mínimo pestañeo: la modernidad no lo intimidaba. Ya en la cena me contó que había llegado con una tarjeta de la dirección del Seguro Social, caminando y preguntado después de horas hasta el lugar donde debía ser atendido. Al no recibir respuesta, mostró su credencial de revolucionario, lo que le daba derecho a la atención médica. Presionando con su discurso y según sus palabras logró llegar “al más grande”. Lo atendieron y en la noche tenía ya su aparato contra la sordera, instalado. Lo llevé al tren al día siguiente. Iba sumamente emocionado de haber conocido la Ciudad de México.

Sus años finales, que fueron muchos, estuvieron plenos de una ambivalencia digna de estudio, entre su amor a la vida y su resentimiento por la situación prevaleciente en el campo mexicano. Fue permanente su reclamo:”la Revolución sólo sirvió para beneficiar a unos cuantos catrines”. Abel Dávila, Benito López, Aquiles González y otros abogados que visitaban la casa materna, tenían que recetarse la perorata cada vez que pasaban por allí, porque contra quien más desencanto acumulado tuvo, fue precisamente contra los abogados: los hacía responsables del fracaso de la guerra civil.

Recuerdo aquellos días, cuando el ingeniero Luis Contreras era precandidato a gobernador por el PRI y no logró consolidar su pre candidatura. Mi abuelo, amigo de su padre, estuvo con él, y cuando lo encontraba en la calle o en cualquier oficina de gobierno le gritaba: “¡para qué te dejaste ganar por ese pendejo!”. Su vida era así. En los desfiles de charros en Fresnillo, en Zacatecas, en Sombrerete o en cualquier lugar donde se dieran, aparecía mágicamente con su traje verde, dorado, negro, con botonadura dorada y un buen cuaco. También podía vérsele en los mítines políticos donde le gustaba subir al estrado y tomar la palabra para contar a un embelesado auditorio, su tan conocido discurso sobre la Revolución. Le aplaudían a rabiar.

Una tarde le avisaron a mi madre que al brincar una cerca, su caballo se había asustado con una serpiente y lo había tirado de la montura. Fue necesario trasladarlo a San Luis Potosí para hacer una trepanación a su cerebro. Permaneció algunos meses en la entidad vecina y tiempo después lo encontramos en su rancho con todo y vendas, ayudando a subir unos toros a una camioneta. Aparecía en los bautizos, matrimonios y eventos relevantes de la familia, aunque nadie le hubiera informado sobre ellos por no conocer su paradero. Puntual y pulcramente vestido con su traje de charro, acudía a atestiguar cual patriarca de un clan, los más importantes acontecimientos

Casi al acabar el siglo, informaron a mi madre que mi abuelo estaba tirado en el Racho de Puente de Tapias, cerca de Enrique Estrada. Había llegado de un rodeo y tenía sed. Le aproximó el becerro a la vaca para provocar la irrigación y al querer retirarla, la vaca le golpeó en el pecho. Era un hombre de 1.85 metros de estatura y al menos 100 kilos de peso. Permaneció tirado en el lugar hasta que mi madre pudo ir por él en un taxi. Ingresó al Seguro Social con sangre en la boca y en la oreja. Lo intervinieron sin encontrarle herida interna ninguna. A la hora de la recuperación despertó, se paró y pidió su ropa. Las enfermeras quisieron detenerlo. Con el tironeo, la herida se le abrió y hubieron de intervenirlo nuevamente.   Un domingo llegué a verlo. Me rogó que agarrara un puñal y rompiera las amarras con que lo tenían sometido para bajar a la calle con la promesa de regresar después a la cama de hospital. Argumentaba que yo era un joven de hombría, de carácter firme y con la capacidad de hacer eso que él quería. Le di de comer en su boca gelatina, para despedirme de él. Me fui a la ciudad de México por carretera. Apenas al llegar recibí la llamada de mi madre: el abuelo Chilo había muerto.

Fue de los hombres que inventaron la Revolución, que vivieron casi el siglo completo y que nos recuerdan la injusticia que la sociedad contemporánea tuvo con aquellos que expusieron su vida, su familia y su patrimonio, para que Zacatecas y el país tuvieran más que ofrecer a los jóvenes y sus familias. Seguimos en deuda con ellos.

@jaimenriquez