¡Peligra la economía de mercado!

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Hoy que es cada vez más evidente el asalto frontal al único sistema económico conocido para generar riqueza, la economía de mercado, debemos explorar las causas de su fragilidad, que se explica por el hecho que existen recursos escasos que se pueden usar de múltiples maneras.

Que los recursos disponibles sean limitados, significa que más competencia en su uso lleva a eliminar desperdicio pues las personas o empresas compiten por ellos de tal forma que terminan en manos de quien les otorga mayor valor, lo que se logra por el mecanismo de precios, la célebre mano invisible de Adam Smith.

Además, la libre competencia asegura la libertad económica pues en un mercado competitivo los trabajadores tienen la opción de buscar mejores empleos, ya que cuando los patrones compiten y ofrecen mejores opciones a sus trabajadores, ello representa el antídoto para evitar explotación, abuso y chantaje.

Si los mercados competitivos son tan buenos para todos, ¿por qué habríamos de preocuparnos de su vulnerabilidad? Lo explicó el gran pensador Mancur Olson al definir la lógica detrás de lo que él llamó “acción colectiva,” y al preguntar quién gana y quién pierde cuando hay un mercado libre de frenos y monopolios.

¿Quién se puede oponer a que prevalezca una auténtica competencia en los mercados? Obviamente los que tienen una situación privilegiada y gozan de monopolios u otros favores concedidos por el gobierno, pues sus enormes rentas se disiparían de aparecer competidores.

Las rentas de los privilegiados son menores a los beneficios de la mayoría en situaciones competitivas, pero las rentas están concentradas en pocas manos y los beneficios dispersos entre toda la población, por lo que la “acción colectiva” de Olson es más fácil y barata para los monopolistas e imposible para el pueblo.

Los pocos, pero muy ricos monopolistas y otros protegidos, como las empresas del gobierno, tienen pingües recursos para contratar ejércitos de cabilderos y abogados en pro de su causa, además de acceso a las mejores tribunas para “cultivar” con zalamerías a la autoridad que decide, como resultó evidente en la entrega presidencial del Premio al Ingeniero al monopolista, el pasado lunes.

Los consumidores no saben cuándo el gobierno veta el acceso de proveedores para competir por sus preferencias, en beneficio de sus cuates y aliados políticos, y no existen suficientes incentivos para organizarse y protestar que están siendo expoliados, pues ello tiene costos prohibitivos.

El mismo argumento se aplica cuando un país se abre a la competencia externa, pero allí se complica aún más el asunto pues se trata de “extranjeros” que quieren quedarse con nuestro mercado, que hay proteger a ultranza para “preservar fuentes de empleo para los paisanos y no los fuereños.”

La virtud de una intensa competencia económica es, al mismo tiempo, la causa de su fragilidad: ¡quienes pierden son pocos y lo saben, y los ganones serían muchos, pero no tienen idea, están dispersos y organizarlos es imposible!