Una historia post revolucionaria en Zacatecas

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Recuerdo en mi niñez que mi padre viajaba a los Estados Unidos a trabajar, generalmente una vez al año, y que su permanencia era larga: de entre 4 y 6 meses. El lugar a donde acudía era Oakland, población cercana a San Francisco y próxima también al Golden Gate que hace algunos años conocí, hospedado en el Westin St. Francis, donde la vista desde el bar en las noches era encantadora. El puente se veía desde allí, iluminado, absolutamente próximo, completo y mejor si se acompañaba de unos daiquiris. Desde allí imaginaba que veía la parte en que mi padre trabajó.

El hecho me hace recordar a uno de sus amigos entrañables, desde los tiempos en que era trabajador en la mina de El Bote. Se llamaba Carlos Arellano. Se mudó a Oakland tiempo después, pero de vez en cuando volvía a Zacatecas con su familia de vacaciones y me tocaba hacer pareja con “la pochita”, su hija, en los bailes del Estudiante. Finalmente esa relación entre familias terminó mal. Carlos Arellano se regresó vivir a Zacatecas. Al parecer había sido líder del sindicato de la mina del Bote y el asunto no acabó bien. Escuché a compañeros de mi padre hablar con él, respecto de un liderazgo cuestionable, que rindió pocos frutos.

Siempre oí el nombre de Mahoma como el de una figura importante en la familia de los Arellano. Él era hermano de Carlos. Sus padres, sobre todo doña Serafína, una viejita distinguida, visitaban con mucha frecuencia mi casa.

Mahoma era un personaje del mundo deportivo zacatecano, exitoso como abogado en la ciudad de México y también como deportista. Quizá el basquetbolista más significativo que haya dado el deporte zacatecano, con respeto a Carlos Perales, al “Chico” y a otros más. Sin embargo, la trayectoria de Mahoma es al parecer, absolutamente dominante.

En los años 30’s se había construido la cancha Juárez de basquetbol, donde los deportistas de la ciudad se concentraban a entrenar. Estaba en lo que ahora es el Jardín Juárez, frente a una de las entradas de la vecindad del Jobito, junto al Garufa y a la rectoría de la Universidad. Eran importantes en aquella época como promotores y deportistas, Antonio Vacio, Luís Fierabras Arellano, don José López Mauricio, Pedro Tuzo García, Guillermo Navarro, “La Pulga” Esquivel y el viejo Alba.

Lo importante de nuestro personaje, Antonio Arellano, entonces alumno del Instituto de Ciencias de Zacatecas, era su capacidad para encestar, tanto en las “bajadas”, como desde la media cancha. De alta estatura y musculatura vasta. El estilo no era bueno, pero la efectividad resultaba increíble. Mientras el encuentro se hallaba más tenso y con el marcador en contra, su destreza se multiplicaba. La limpieza del enceste era pura, sin tocar siquiera la red.

El debate de los equipos se daba fundamentalmente entre los “Siete Diablos” y los “Tigres”, a donde Mahoma pertenecía. Hubo buscadores de talento que intentaron llevarse al joven Arellano a los Estados Unidos para estudiar en alguna universidad americana y hacerlo estrella como ellos acostumbran, becándolos y promoviéndolos hasta que llegan al nivel deseado.

Ya como abogado, transitó por Fresnillo, Río Grande, Torreón y la Ciudad de México, donde tuvo grandes participaciones en equipos nacionales, pues a pesar de su profesión continuó activo deportivamente.

Su nombre era importante entre los zacatecanos del Distrito Federal. En los años 80’s no sé si aún vivía, pero mucho se comentaba sobre él. Todo el mundo lo recordaba como “el basquetbolista de la Calle del Ángel”, donde estaban la mayoría de los panaderos de Zacatecas.

Las otras épocas exitosas del basquetbol se daban cuando la universidad o los gobiernos municipales convocaban a certámenes, y así logramos hasta un equipo de mujeres que en los años 60’s llegó al subcampeonato nacional: Yolanda Dávila, Silvia Herrera, Lupe Esquivel, las hermanas González, las hermanas Chávez, las hermanas Gutiérrez y Martha Campos –la hija del químico que estaba en la farmacia en el portal de Rosales- integraban el equipo.

La mina de El Bote tuvo también su equipo en 1938, cuando el cardenismo apapachaba a los obreros. Se destacaban entre ellos: Juan Antonio Cabral –quien muchos años fue funcionario en Tránsito- José García, Pancho Sigala, Eduardo Ríos, Guillermo Rivas, Alejandro García, Vicente Hernández, Fermín Hernández, Fernando Corvera y Gonzalo Saucedo.

A pesar de sus limitaciones financieras luego de la Revolución, Zacatecas supo siempre estar presente en todos los ámbitos deportivos, culturales y políticos. Siempre a la altura de su grandeza. Recordar aquellos años es ver el reflejo de esa historia en los tiempos contemporáneos, donde la persistencia y la continuidad son el corazón de nuestra entidad y de sus hombres y sus mujeres.