Golpe de Estado y yanquis intrusos: nos competen a todos

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Rehuyamos a elucubrar sinrazones o estériles conjeturas burdas e inútiles, tanto como las razones del presidente López Obrador al aludir a un golpe de Estado que en su concepción, solo tendría por respuesta el apoyo a su persona desde las mayorías.

Apartémonos de esa postura, puesto que lo importante es saber si existe el riesgo de que suceda y de que caiga por esa causa el gobierno de López Obrador. No parece haber ruido de sables, pero si mucha desvergüenza invocando malestar castrense desde algunos desaprensivos en las Fuerzas Armadas, como si la ciudadanía no tuviera también algo qué decir de las traiciones castrenses, que las hay, y de desmerecimientos militares, tantos como los reconocimientos a su ingente labor, que también les reconoce. Puestos a estar molestos, será que lo estamos mutuamente castrenses de civiles y viceversa. Y el crimen organizado va botado de la risa. 

Pero que nadie se equivoque: en una democracia civil, no mandan los militares. Y la mexicana es una democracia civil, le pese a quien le pese.

Resultan alucinantes las reacciones opositoras a López, incrédulas al sujeto, que no sienten como suyo el asunto; que pedir un golpe de Estado es cualquier cosa, pero que tal llamado de alerta, después de todo eso es, lo han recibido con una indiferencia pasmosa, vergonzante, sin comprender que un golpe de Estado nos arrollaría a todos, y que por lo tanto ha de incumbirnos a todos. Más nos vale que no suceda y más valdría no verlo como ajeno a nuestra existencia. Como si solo fuera un problema de López. No lo es. Es de todos. Es grave que se reciba la noticia entre la incredulidad y la condena al presidente que la lanza y no como una necesaria condena a un ataque a la democracia que nos involucra a todos, y así se trate de un comentario sugiriéndolo posible, aunque lejano, evidenciándolo insinuado y soterrado.

Porque sea cual fuera la preferencia por López Obrador o su aborrecimiento, ambas libres y libremente externadas, guste o no, un golpe de Estado sería un golpe mortal a la democracia mexicana y eso nos salpica a todos. Hayan o no votado por López. Da lo mismo. El sujeto fue elegido por la mayoría de los electores que se pronunciaron en las urnas. Es un gobierno emanado de la urnas. Un golpe de Estado sería contra todos, al final de cuentas. Los que proponen tal golpe -los dedos dubitativos apuntan a ciertos militares– no fueron elegidos en las urnas. Y en todo caso es condenable su sola insinuación.

Sí, es una hipótesis suponer que dado el caso las mayorías apoyarían a López, pero adviértase que contra una tanqueta, poco qué hacer. No subestimemos a este pueblo, pero otros ejemplos demuestran que el apoyo se esfuma ante los balazos. En todo caso, el pasto está muy seco y a nadie conviene prenderle fuego desde ninguna dirección.

Entonces ¿defender al presidente? Desde sus malquerientes, no. Desde sus apoyadores es una hipótesis no probada para tal caso extremo. Es previsible que López responde con su comentario, con su alusión, a alguien. Y… ¿es tan malo un golpe de Estado? es preferible no presuponerlo y mucho menos, averiguarlo. México no conoce uno desde 1920 con el asesinato del presidente Carranza. Un siglo nos volvió desmemoriados y retadores. Irresponsablemente retadores. No necesitamos un golpe de Estado, por muy antilópez que fuéramos. No podemos equivocarnos solo por no apoyar a López. Si por ser opositores termináramos apoyando ese supuesto golpe de estado, seríamos por decir lo menos, patéticos.

Y con el tema del golpe de Estado se une otro frente alarmante: el hipócrita ofrecimiento de ayuda de Donald Trump a México, para enfrentar “juntos”, ambos países, la guerra contra los grupos criminales.

Amén de que siempre ha habido un amplio sector encandilado con Estados Unidos, al que le pasan todas y le critican nada, con mentes colonizadas, que se enrollan en la bandera mexicana, pero que les encantaría ser estadounidenses y no pierden oportunidad ni de demostrarlo ni de tirar hacia allá, en cuanto pueden, endiosándolos, admiten como favorable la mentada propuesta del yanqui. No aprendemos.  

Pues bien: en alguna encuesta ponen que el 59% piensa que rindamos y admitamos esa injerencia. Porque “no tenemos de otra”. Es la clásica respuesta proyanqui encandilada. Es interesante cuando en otra encuesta hace unos años el 61% decía que le encantaría se anexado a ese país. Vea usted la cercanía de cifras. Y crúcelas con otra estupenda condición: la postura del “no hay de otra”, como la que enarbola el mediocre empresariado que reconoció dormirse en sus laureles y acomodarse plácidamente a la sombra del TLC, en vez de haber diversificado mercados. No tenemos remedio.

Ergo, es importante entonces advertirlo: dejar entrar a los yanquis es nunca más sacarlos. Y no acabarán con los cárteles. A decir verdad no han podido con los suyos y menos con sus dealers, desbordados con sus drogadictos, ni mucho menos han podido con estos últimos, y se niegan a implementar políticas serias de prevención antidrogas ni a militarizar sus calles, ya no digamos a que entren tropas de otros países a ayudarlos con todo eso que ya se ve que no pueden, …de forma tal que nos resulta evidente que no son los indicados para intervenir aquí, no para suponer que contribuyen a que se acaben los carteles en otros países. Es una falacia sostener que sí. Un país que como principal consumidor no está en posición de darle lecciones a nadie.

Los estadounidenses entraron a países sudamericanos y ahí siguen disque persiguiendo drogas y carteles. Se les fueron ¿25 años? es que no olvidemos que eso de entrara a un país a exterminar carteles es una quimera que no se acabará quemando hierba o encarcelando capos. Como no se ha acabado con ello. Eso está mostrado a fracaso rotundo.

Si el primer consumidor de drogas persiste en su necedad de que no es parte del problema, no llegaremos a nada. Si persiste en aprobarla como lo hace, para consumo recreativo de forma unilateral, menos. Pero que entienda que no es con ayuda militar a México, como se acaba con el tema. Así sea de asesor, nada más. La droga es y ha sido el pretexto vil para meterse en México. No hallan ya cómo conseguirlo. Nunca han quitado el dedo del renglón. Su seguridad hemisférica –militar, económica, da igual– necesita de México y es solo oficializar a la ocupación. Las drogas son el pretexto, nada más. Esto fastidia decírselo a gente proyanqui, pero eso es lo de menos, eso no importa. Se precisa decirlo para no engañarnos ni contarnos cuentos.

Dejar que entren los yanquis es y será jamás sacarlos, pues son como el sapito, su abuso se transforma en pedir más y más y más espacio. No tienen llenadera ni siempre actúan legales y eso es una invitación a negarles el acceso. López Obrador acertó al negárselos. No perdemos nada y preservamos nuestro país. Así de sencillo.

@marcosmarindice